¿Cómo puedo aprovechar mi tiempo para la gloria de Dios?

¿Cómo puedo aprovechar mi tiempo para la gloria de Dios?

Confiar en Dios con respecto a nuestro tiempo significa hacer un buen uso del tiempo que Él nos ha concedido. Suena simple, pero no lo es. Efesios 5:15-16 afirma: “Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos”. La Reina Valera Actualizada traduce “aprovechando al máximo cada momento oportuno” como “redimiendo el tiempo”. Se nos manda a que redimamos el tiempo, a que recuperemos o rescatemos nuestro tiempo de ocupaciones inútiles y lo usemos para la gloria de Dios. Pero ¿cómo podemos hacerlo? Quisiera sugerirte tres maneras.

1. Libérate del pasado

Redimir el tiempo requiere que el pasado se quede en el pasado. Podemos aferrarnos al pasado al ser indulgentes con dos emociones distintas: la nostalgia pecaminosa o el remordimiento. La nostalgia pecaminosa nos lleva a idolatrar tiempos en los que la vida era “mejor” o “más simple”, lo que resulta en insatisfacción con nuestras circunstancias presentes. Puede que añoremos los tiempos que vivimos antes de que llegaran ciertas malas noticias o en los que nuestra salud estaba mejor. Puede que queramos volver a los días en que nuestros hijos vivían en casa o en que un ser amado seguía con vida. El cambio de estaciones en la vida puede causar un anhelo natural por la manera en que las cosas solían ser, y aunque no necesariamente es pecaminoso, puede llegar a serlo. Se nos permite entristecernos cuando terminan las temporadas felices, pero no resentir su pérdida. Hay una diferencia entre echar de menos el pasado y codiciarlo. El antídoto para la codicia es siempre la gratitud: podemos luchar contra un amor pecaminoso por el pasado al contar las bendiciones que disfrutamos en el presente.


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El antídoto para la codicia es siempre la gratitud: podemos luchar contra un amor pecaminoso por el pasado al contar las bendiciones que disfrutamos en el presente.
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El remordimiento, por otro lado, nos lleva a vivir enfocadas en errores y aflicciones del pasado, lo cual nos roba el gozo de nuestras circunstancias presentes y muchas veces nos hace volver a ciertos patrones pecaminosos. Cuando era niña aprendí a cantar las palabras de Charles Wesley: “Rompe cadenas del pecar, al preso librará”. Cuántas veces he necesitado esas palabras como un recordatorio de que el poder de mis pecados pasados (o los pecados pasados de otros contra mí) ha sido anulado en el nombre de Jesús. Él sustituye mi historial de pecado por Su santidad. Cuando me desanimo por- que volví a caer en algún pecado del pasado, el “que levanta mi cabeza” me recuerda que, aunque aún no soy lo que seré, no soy lo que era. Me saca del pasado y me trae al presente con la seguridad de que hoy Él me sigue santificando poco a poco. Evita que me enfoque en las heridas del pasado al recordarme que debo perdonar, así como he sido perdonada. Podemos luchar contra las “malas noticias” del pasado al recordar y confiar en las buenas noticias del evangelio.

 

2. Libérate del futuro

Redimir el tiempo requiere que el futuro se quede en el futuro. Nos aferramos al futuro cuando somos indulgentes con dos emociones distintas: la anticipación pecaminosa y la ansiedad. Permitimos la anticipación pecaminosa al siempre estar codiciando la próxima etapa de la vida. El adolescente quiere ser un estudiante universitario. La joven mamá no puede esperar a que sus niños dejen de usar pañales. La empresaria no puede esperar a jubilarse. Anhelar el futuro no es malo en sí mismo. Ver una etapa futura de la vida como un escape del presente sí lo es. Al igual que en el caso de la nostalgia pecaminosa, la anticipación pecaminosa se reprime con la gratitud por las bendiciones que disfrutamos en el presente.

 Alimentamos la ansiedad cuando vivimos con temor al futuro. Tememos la incertidumbre o las posibilidades: la pérdida de un trabajo, una posible enfermedad o el simple hecho de no saber (o no poder controlar) lo que depara el mañana. Nuestras oraciones se caracterizan más por el anhelo de conocer el futuro que por el anhelo de vivir el presente para el Señor. Jesús nos recuerda que no debemos estar ansiosas por el futuro, “porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. ¡Ya bastante tiene cada día con su propio mal!” (Mt 6:34 RVC). El antídoto para la ansiedad es recordar y confesar que el futuro está seguro en las manos de Dios. Esto no significa que no nos preparemos para el futuro, pero debemos hacerlo por prudencia y no por temor.

 

3. Vive plenamente el presente

Redimir el tiempo requiere estar completamente presente en el presente. Malgastamos nuestro hoy cuando alimentamos dos pecados distintos: la pereza o el estar siempre ocupadas. Tanto la perezosa como la que siempre está ocupada rechazan sutilmente al Dios que ordenó los límites del tiempo. La perezosa cree que siempre habrá más tiempo para encargarse de sus responsabilidades. Hoy puede hacer lo que quiera. Se caracteriza por posponer las cosas, incumplir los plazos y poner excusas. Al igual que una que derrocha el dinero, la perezosa derrocha el tiempo sin considerar el costo, pues cree que tiene un crédito ilimitado de horas. La perezosa no cree que el tiempo que Dios ha dado sea valioso. Pero Él nos llama a redimir el presente, a ser diligentes como la hormiga, que almacena cuando es tiempo de almacenar (Pro 6:6).

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Tanto la perezosa como la que siempre está
ocupada rechazan sutilmente al Dios que ordenó
los límites del tiempo.

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La persona que siempre está ocupada cree que nunca habrá tiempo suficiente para manejar sus muchas responsabilidades. También cree que puede hacer lo que quiera con su tiempo, llenando sus días de actividades y quejándose de que no hay más horas en el día. Se caracteriza por el agotamiento y el exceso de obligaciones. Al igual que una tacaña, exprime cada pizca de productividad de cada minuto del día, pues cree que el descanso es para cuando muramos. La que siempre está ocupada cree que el tiempo que Dios ha dado no es suficiente. Debemos redimir el presente dejando tiempo para la práctica de la quietud y para guardar el día de reposo. Estas disciplinas nos ayudarán a permanecer confiadas a los pies de nuestro Señor.

Cuando trabajamos para redimir el tiempo, reflejamos a nuestro Creador. Dios es el ejemplo máximo en esto: Él redime todo el tiempo, y redime en el momento preciso. Somos llamadas a redimir los años que Él nos ha dado como parte de nuestra adoración a Él.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro Nadie como Él, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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