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La vida en la comunidad de los creyentes

La vida en la comunidad de los creyentes

Romanos 11:33–12:8:

33 ¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! 34 «¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero?» 35 «¿Quién le ha dado primero a Dios, para que luego Dios le pague?» 36 Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén.

1Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. 2 No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta 3 Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado. 4 Pues, así como cada uno de nosotros tiene un solo cuerpo con muchos miembros, y no todos estos miembros desempeñan la misma función, 5 también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás. 6 Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; 7 si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; 8 si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría.

En este pasaje es evidente que Pablo suponía que sus lectores eran parte de un “cuerpo”, que es una de las formas comunes en que el Nuevo Testamento describe a la iglesia. No existe ninguna idea por parte de Jesús, de Pablo o de alguno de los otros autores bíblicos que enseñe que podemos ser discípulos por nuestra cuenta. Llevamos a cabo nuestro llamado siendo miembros de una comunidad de creyentes.

Romanos 12 comienza con el mandato a todos los hermanos de ofrecer sus cuerpos a Dios como sacrificios vivos. Esta dedicación de todo nuestro ser es agradable a Dios, y Él la recibe como un acto de adoración. He escuchado muchas prédicas sobre este texto, y se suele bromear diciendo que el problema con los sacrificios vivos es que ellos siempre están tratando de bajarse del altar. ¡Muy cierto!

Ofrecernos a Dios de esta manera significa que:

  • Dejamos de conformarnos a los estándares de este mundo (hábitos, acciones y actitudes que reflejan la vida pasada sin Cristo). Otra traducción dice: “... no adopten las costumbres de este mundo...” (RVC).
  • Comenzamos a ser transformados (esta es la palabra metamorfosis que usamos para describir la transformación de una oruga en mariposa) por la renovación de nuestras mentes. Esto se va a lograr a medida que aprendamos a fijar nuestras mentes en Cristo y dejemos que la Palabra de Dios moldee nuestro pensamiento.
  • Cuando servimos en la iglesia de Jesús lo hacemos con humildad, no con arrogancia.

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“No existe ninguna idea por parte de Jesús, de Pablo o de alguno de los otros autores bíblicos que enseñe que podamos ser discípulos por nuestra cuenta.”
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Pablo después presenta la importante verdad de que si la iglesia es el cuerpo de Cristo, todos somos uno. Sin embargo, al igual que las partes del cuerpo humano, cada miembro tiene una tarea diferente que desempeñar para que el cuerpo esté saludable. Para realizar esas tareas se han dado “dones” a los miembros del cuerpo. Hay varias listas de esos dones en las diferentes cartas a las iglesias. (1 Corintios 12 es otro ejemplo.) Nota que Pablo hace una lista de siete dones básicos en este pasaje:

  • Profecía (predicar o proclamar la Palabra de Dios)
  • Servicio
  • Enseñanza
  • Alentar a otros
  • Contribuir con dinero
  • Liderazgo (administración) 
  • Mostrar misericordia


¿Crees que puedes aportar en tu iglesia con alguno de estos dones? Esta lista no tiene la intención de proponer los únicos dones que podemos ofrecer a la iglesia, pero sí nos reta a considerar en oración lo que podríamos hacer por la salud de la misma. Muchas veces descubrirás tu don o tus dones a medida que te involucres en los ministerios de tu congregación.

 

¿Qué es la oración y cómo debemos orar?

¿Qué es la oración y cómo debemos orar?

La oración es derramar nuestros corazones a Dios en alabanza, petición, confesión de pecado y agradecimiento.

Salmo 62:8:

Confía siempre en Él, pueblo mío; ábrele tu corazón cuando estés ante Él. ¡Dios es nuestro refugio!

ABRAHAM BOOTH

Debido a que los enemigos de tu alma son empedernidos, sutiles y poderosos, y tus marcos espirituales son inconstantes, es altamente necesario que vivas recordando continuamente aquellas consideraciones. ¿Qué sería más recomendable y necesario que caminar cuidadosamente; que velar y orar, no sea que entres en tentación? Siempre debes recordar tu propia debilidad e insuficiencia y reflejarla en tu conducta. Debido a que la corrupción de la naturaleza es un enemigo que siempre está cerca de ti, y siempre dentro de ti, mientras vivas en la tierra; y debido a que está fuertemente dispuesta a ceder ante cada tentación; deberías “por sobre todas las cosas [cuidar] tu corazón”. Cuida, cuida diligentemente, todas sus imaginaciones, emociones y tendencias. Considera cuándo surgen y hacia qué se inclinan antes de ejecutar cualquier propósito. Tan grande es el engaño del corazón humano que “el que confía en su propio corazón es un necio”; ignorante de su peligro y sin considerar sus mejores intereses. Esta consideración debería provocar que todo hijo de Dios doble sus rodillas suplicantes, con la mayor frecuencia, humildad y fervor; que viva ante el trono de la gracia y no se aleje de ahí para ponerse al alcance del peligro. Cuanto más veamos la fortaleza de nuestros adversarios y el peligro en el que estamos, tanto más debemos ejercitarnos en la oración ferviente. ¿Puedes tú, cristiano, ser indiferente y descuidado cuando el mundo, la carne y el diablo son tus implacables e incansables oponentes?

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“Cuanto más veamos la fortaleza de nuestros adversarios y el peligro en el que estamos, tanto más debemos ejercitarnos en la oración ferviente.”
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JOHN PIPER


La única forma de andar en el Espíritu es por medio de la oración. Es la única manera de caminar por fe. En otras palabras, la oración es el aliento diario de la vida cristiana. Es un estilo de vida.

Permíteme ilustrar esto con cuatro elementos del catecismo: confesión, petición, alabanza y agradecimiento. Te invito a que en cada ocasión donde sientas que necesitas ayuda, enfrentes ese momento orando y utilizando estos cuatro elementos.

Supongamos que tengo que hablar frente a un grupo y estoy nervioso (puedes elegir cualquier situación que te sea difícil). A medida que se acerca el momento, me pregunto: "¿Seré capaz de hacer esto? ¿Recordaré lo que tengo que decir? ¿Quedaré como un tonto?”. Y en ese momento confieso mi necesidad a Dios y le digo: “Señor, soy un pecador. No merezco Tu ayuda, pero la necesito. No puedo hacer nada sin Ti”. Ese es el paso de confesión en la oración.

Después convierto mi confesión en petición. “Señor, por favor ayúdame. Necesito una buena memoria. Necesito buena articulación. Necesito la actitud adecuada. Necesito humildad. Necesito poder mirar a las personas a los ojos. Necesito todas estas cosas. Quiero ser de ayuda a mis oyentes. Pero estas cosas no están en mí. Ayúdame”. Ese es el paso de petición en la oración. Un clamor por ayuda.

Y después tengo que pensar en algún atributo de Dios que me lleve a alabarle y a confiar en Él. Por ejemplo, Dios dice: “Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con Mi diestra victoriosa” (Is 41:10). Yo me aferro a esa promesa, a ese poder, ese amor y esa misericordia; confío en Él y lo alabo. “Tú, Señor, puedes ayudarme. Confío en que me ayudarás. Te alabo por ser la clase de Dios que está dispuesto, y es capaz, de ayudarme”. Ese es el paso de confianza y alabanza en la oración.

Luego predico, confiando en Él. Y cuando termino, sin importar qué suceda, le doy las gracias. Debido a que confié en que Él me ayudaría, creo que utilizará mi esfuerzo independientemente de cuán bien yo crea que me haya ido. “¡Gracias, Señor!”. Ese es el paso del agradecimiento en la oración.

Ahí están—cuatro palabras claves del catecismo.

Primero, confiesa continuamente tu necesidad al Señor. “Te necesito”.

Segundo, pide, clama por ayuda. “¡Ayúdame!”.

Tercero, aférrate a las promesas de Dios con confianza y alabanza por Su capacidad para cumplirlas.

Y después, cuando te ayude, ve y dile: “Gracias”.

Ese es el ritmo de la vida cristiana, el aire para el cristiano.

¿Qué significa ser hijo de Dios?

¿Qué significa ser hijo de Dios?

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Si queremos entender lo que significa ser cristiano, y por qué ser un cristiano es un privilegio, tenemos que valorar la adopción divina. Tenemos que comenzar a captar la magnitud de las declaraciones que Pablo hace de que “los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (8:14); y de que “somos hijos de Dios” (v 16).

“La noción de que somos hijos de Dios, Sus propios hijos... es la esencia de la vida cristiana... Nuestra filiación divina es la cima de la creación y la meta de la redención”. (Sinclair Ferguson, Hijos del Dios vivo, pp. 5-6)

La adopción era un procedimiento legal mucho más frecuente en la sociedad romana que en la cultura hebrea o en la del Oriente Cercano. Pablo, como ciudadano romano, hubiera estado familiarizado con ella. Por lo general, la adopción ocurría cuando un adulto rico no tenía un heredero para sus posesiones. Él entonces adoptaba a alguien como su heredero —podía ser un niño, un joven o un adulto. Inmediatamente ocurría la adopción, varias cosas pasaban a ser ciertas acerca del nuevo hijo. En primer lugar, sus antiguas deudas y sus obligaciones legales se liquidaban; en segundo lugar, tenía un nuevo nombre e instantáneamente pasaba a ser el heredero de todo lo que el padre tenía; en tercer lugar, su nuevo padre se hacía responsable de todas sus acciones (sus deudas, crímenes, etc.); pero, en cuarto lugar, el nuevo hijo también tenía nuevas obligaciones para honrar y agradar a su padre. Este pasaje está tomando todo esto en cuenta.

A lo largo de este pasaje, a los cristianos se les llama “hijos” (huioi, hijos varones) de Dios (v 14, 15, 19) y tres veces se les llama “hijitos” (teknon, hijos e hijas) de Dios (v 16, 17, 21). Es cierto que en Roma la “filiación” era un estatus de privilegio y poder que solo se le otorgaba a los varones. Sin embargo, ahora Pablo tiene la osadía de aplicarla a nosotros—¡a todos los creyentes! Esto demuestra que Dios no hace distinciones al dar honor. Ahora todos los cristianos, varones y mujeres, son Sus herederos. Se consideraba subversivo que Pablo tomara una institución que era exclusiva para los varones y mostrara que, en Cristo, el empoderamiento por medio de la adopción aplicaba indistintamente para mujeres y varones. Las mujeres cristianas no deben resentir que se les llame “hijos”, de la misma manera que los hombres cristianos no deben resentir que se les llame parte de la novia de Cristo (Ap 21:2). Todos los cristianos son hijos y todos son la novia—¡Dios es imparcial en Su uso de las metáforas! Y cada metáfora nos dice algo acerca de nuestra relación con Cristo.

Quiénes son los hijos de Dios

¿Qué nos hace hijos de Dios? Romanos 8:14 nos lo dice claramente: tener el Espíritu de Dios. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Nuestra traducción es igual de clara que la del griego. Hosoi (“los”) es muy incluyente y se traduce mejor como “todos los” o “todos los que”. En otras palabras, Pablo en efecto dice: La categoría de los que tienen el Espíritu constituye la categoría de los que son hijos de Dios. Todo el que tiene el Espíritu es adoptado por el Padre, y a ninguno que haya sido adoptado por el Padre le faltará la presencia ni la guía del Espíritu Santo.

Muchos quieren pensar que ser “guiados por el Espíritu” tiene que ver con que el Espíritu nos ayude a tomar decisiones —que nos guíe para escoger el mejor cónyuge, el mejor trabajo, el mejor lugar para vivir, etc. Pero esto pasa por alto la fuerte conexión que hay entre el versículo 14 y el versículo 13. La traducción de la NVI muestra que el versículo 14 es una continuación de una oración que comienza en el versículo 13. En el griego, el versículo 14 es una nueva oración que comienza con la palabra gar (“porque”), vinculando lo que Pablo está por decir con lo que acaba de decir. En el versículo 13 él dice que con el Espíritu realmente podemos triunfar sobre el pecado que hay en nuestro interior. Después explica por qué este gran poder—el poder sobre el pecado—está disponible para nosotros. Es porque somos hijos de Dios. Así que ser “guiado por el Espíritu” debe ser lo mismo que “[darle] muerte a los malos hábitos del cuerpo” del versículo 13. Dicho de otro modo, somos guiados a odiar los deseos que el Espíritu odia (el pecado) y a amar las cosas que Él ama (a Cristo). Esta es la manera en que somos guiados por el Espíritu.

El versículo 14 lo dice claramente: si el Espíritu de Dios no ha entrado en ti, no eres hijo de Dios, y tampoco le perteneces a Cristo (v 9). Esto es útil, ya que nos recuerda que la “ecuación” también funciona al revés — si eres de Cristo, por fe, entonces eres un hijo de Dios y tienes Su Espíritu. Las tres son inseparables— o todas son ciertas, o ninguna lo es.

El versículo 15 recalca esta verdad —los cristianos son personas que han recibido “el Espíritu que los adopta como hijos”. La palabra griega utilizada aquí es huiothesias, que literalmente quiere decir “hacer hijo”, y por eso se puede traducir como “adoptar”.

En primer lugar, La imagen de la “adopción” nos dice que nadie nace teniendo una verdadera relación con Dios. El hecho de que recibimos nuestro estatus de hijos adoptados prueba que hubo un tiempo en el que estábamos perdidos; no éramos hijos de Dios por naturaleza. Esto quiere decir que esta relación Padre-hijo con Dios no es automática. Nacemos como huérfanos y esclavos espirituales.

En segundo lugar, la imagen de la “adopción” nos dice que nuestra relación con Dios se basa completamente en un acto legal por parte del Padre. No te “ganas” un padre ni “tramitas” tu adopción. La adopción es un acto legal que hace el padre—es muy costoso, pero solo para él. No hay nada que el hijo pueda hacer para ganar u obtener su estatus. Simplemente lo recibe.

Es importante ver la claridad de esta enseñanza, pues hoy en día es común escuchar a la gente decir que “todos los seres humanos son hijos de Dios” porque Dios los creó a todos. Es cierto que en Hechos 17:29 (RVC) Pablo llama a todos los seres humanos “linaje” de Dios. Pero la palabra griega es genos, que simplemente quiere decir “descendientes”. En este sentido podríamos llamar a Henry Ford el “padre” del automóvil Modelo T. Pero la Biblia es enfática en reservarse toda la riqueza del término “hijos de Dios” exclusivamente para los que han recibido a Cristo como Salvador y Señor: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio el derecho de ser hijos [tekna] de Dios” (Jn 1:12). La filiación se le da a los que lo reciben a Él. Nadie la tiene de manera natural—excepto Jesucristo.

Extraído del libro "Romanos 8-16 para ti" de Timothy Keller

6 responsabilidades que Dios le ha asignado a los padres

6 responsabilidades que Dios le ha asignado a los padres

Dios ha dado a los padres las siguientes responsabilidades:

1. Aprovechar cada oportunidad para mostrar a sus hijos su necesidad de Cristo

La mayor necesidad de nuestros hijos es nacer de nuevo. La salvación de nuestros hijos no depende de lo que hagamos como padres. Su salvación es un asunto entre ellos y Dios. Sin embargo, somos responsables delante de Dios de apuntarles al Salvador que puede limpiar sus corazones.

Por muchos años creí que si los instruía diligentemente en las Escrituras estaría asegurando su salvación. Cuando mi hijo cumplió siete años, me di cuenta de que le citaba todos los versículos correctos para cada pecado, y de que podía hacer que Él se comportara conforme a la Biblia, pero solo Dios podía alcanzar su corazón. Se había vuelto un experto en honrar de labios. Le había instruido a que dijera las palabras correctas, pero su cara decía: “Ya te dije que lo que querías que dijera, ahora ¡déjame tranquilo!”.

Fue durante este tiempo que Dios me enseñó a dejar de confiar en mis habilidades. Tuve que dejar de tratar de controlar su corazón y dejar que Dios actuara. Fueron tiempos difíciles. Parecía que había un océano de distancia entre nosotros. Hoy estoy muy agradecida por ese tiempo, pues me llevó a depender más de Dios. Le busqué con todo mi corazón y le rogué que restaurara nuestra relación y que hiciera que Wesley recibiera mi instrucción como una muestra de amor.

Dios me llevó a hacer dos cosas. Primero, a pasar tiempo a solas con él cada noche. A no apurarme. A no pasar ese tiempo instruyéndolo, sino sentada a su lado y escuchando lo que sea que él quisiera decirme. Segundo, a volver a su cuarto cada noche antes de dormirme y orar por él. Mi oración cada noche era que Dios tocara su corazón. Y Él lo hizo. (Para entender cómo llevar a tu hijo a Cristo, ver el Apéndice B al final del libro.)

2. Entrenarlos a obedecer a Dios al honrar y obedecer a sus padres

Debemos ayudarlos a obedecer a Dios al requerirles que nos obedezcan. Si no les requerimos obediencia, seremos una piedra de tropiezo para ellos. Lucas 17:2 explica que sería mejor ahogarnos en el mar con una piedra de molino en nuestro cuello que hacer que un niño tropiece. Cuando no le exigimos obediencia a nuestros hijos, les estamos robando parte de las bendiciones que Dios tiene para ellos. Efesios 6:1-3 nos dice: “Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es jus- to. ‘Honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa— para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra’”.

3. Enseñarles sabiduría

Esto aplica para los hijos salvos y para los inconversos. Aunque la Biblia enseña que nadie que rechaza a Cristo es verdaderamente sabio, se nos da el mandato de instruir y entrenar a nuestros hijos con sabiduría para la vida diaria.

4. Entrenarlos en justicia

Brenda Payne dice: “No podemos hacer que nuestros hijos sean justos, pero podemos enseñarles a hacer lo correcto”. Pablo le dijo a Timoteo en 1 Timoteo 4:7-8: “Rechaza las leyendas profanas y otros mitos semejantes. Más bien, ejercítate en la piedad, pues aunque el ejercicio físico trae algún provecho, la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no solo para la vida presente sino también para la venidera”. Es importante que nuestros hijos tengan el hábito de pensar y actuar correctamente. Necesitan entender que al demostrar la justicia de Dios, están haciendo que Su luz brille en un mundo oscuro. Es una de las formas en que pueden mostrar el poder de Cristo a otros.

Traté de explicarle a mi hija de cinco años las diversas maneras en que podemos compartir nuestra fe, pero no creo que ella haya entendido bien el concepto. Un día decidió que iba a seguir el consejo de Mamá y que iba a compartir su fe con unos vecinitos. El momento me pareció ideal, su método fenomenal y su motivación... bueno, solo Dios puede juzgar los corazones. Hay unos niños en nuestro vecindario a quienes les encanta sacar de quicio a Alex (lo cual no es tan difícil). Un día empezaron su guerra de palabras para molestarla... y lo lograron. Desde su patio estaban gritándole cosas para contrariarla. Estoy segura de que Alex estaba debatiéndose si debía “pagar mal por mal” o seguir el consejo de mamá y ser testigo de Jesús. Al final decidió caminar hasta la verja que dividía ambos patios, y con las manos en la cintura y su rostro bien en alto, comenzó a cantarles: “Us-te-des-no-co-no-cen-a-Je-sús”. Aunque no podía ver su cara, algo me dice que también les sacó la lengua al terminar la canción. Evidente tenemos que seguir trabajando con la forma en que ha de compartir su fe.

5. Orar por ellos

Debemos cubrir todos nuestros esfuerzos con oración. Podemos obedecer a Dios al instruir y enseñar a nuestros hijos, pero es Dios quien transforma los corazones.

6. Ser un ejemplo de piedad

Debemos enseñar con el ejemplo. Hace muchos años, un amigo me escribió una nota que decía: “Tus palabras hablan y tus pisadas también, pero tus pisadas hablan más alto que tus palabras”.

J. Vernon McGee cuenta una historia acerca de un padre que tenía un frasco de whisky en su granero. Cada mañana salía y tomaba un trago de whisky. Un día iba saliendo, como de costumbre, pero esta vez alguien iba detrás de él. Al mirar atrás, vio a su niñito siguiendo sus pisadas en la nieve. El padre le preguntó: “Hijo, ¿qué estás haciendo?”. El niño respondió: “Estoy siguiendo tus pisadas”. El padre envió al hijo a la casa, entró a su granero y estrelló la botella de whisky.

Alguien está siguiendo tus pisadas. Tu hijo aprende más por lo que te ve hacer, no por lo que te oye decir. Él seguirá tu ejemplo. Al hacerlo, ¿será un hacedor de la Palabra o solamente un oidor? ¿Será fiel o hipócrita? Quizás uno de los versículos más aleccionadores en cuanto a nuestra responsabilidad de instruir a nuestros hijos es Lucas 6:40: “El discípulo no está por encima de su maestro, pero todo el que haya completado su aprendizaje, a lo sumo llega al nivel de su maestro”.

Extraído del libro "¡No me hagas contar hasta tres!" de Ginger Hubbard

¿Cómo nos podemos asegurar de que el evangelio en el que creemos es el verdadero?

¿Cómo nos podemos asegurar de que el evangelio en el que creemos es el verdadero?

"Pero, aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición!" Gálatas 1:8

Ya que el verdadero evangelio es tan crucial, y tan a menudo y fácilmente invalidado, esto despierta en nosotros una pregunta inquietante: ¿cómo podemos asegurar que el evangelio que nosotros creemos es en realidad el verdadero? ¿Cómo sabemos que no es solo un evangelio que nosotros sentimos que es verdad o que nos dijeron que es verdad o que pensamos que es verdad o que nos suena como verdadero, sino que es un evangelio que es verdad, objetivamente, y por lo tanto puede salvar real y eternamente?

Pablo establece, en el lenguaje más fuerte posible, una plomada para juzgar todas las afirmaciones de verdad, ya sean externas (de maestros, escritores, pensadores, predicadores) o internas (sentimientos, sensaciones, experiencia). Ese estándar es el evangelio que él (y todos los demás Apóstoles con A mayúscula) recibió de Cristo y enseñó, y que se encuentra en esta carta y a lo largo del resto de la Biblia.

“Si alguno de nosotros... les predicara un evangelio distinto... ¡que caiga bajo maldición!” (v 8). Aquí tenemos cómo juzgar a las autoridades externas, por ejemplo los maestros humanos o los líderes institucionales humanos, o incluso los oficiales ordenados por una jerarquía eclesiástica.

Llama la atención que al decir “nosotros”, Pablo mismo se incluye como una autoridad humana. Está diciendo que él debe ser rechazado si alguna vez dice: He cambiado de opinión acerca de lo que es el evangelio. Como él nos dirá, el evangelio no llegó a él por medio de un proceso de razonamiento y reflexión; él lo recibió, no lo desarrolló. Así que él no tiene la libertad para alterarlo por medio del razonamiento y la reflexión. En Gálatas 2, Pablo nos dirá que su evangelio fue confirmado por otros que también habían recibido el mensaje por medio de la revelación del Cristo resucitado. Este consenso apostólico –este “depósito del evangelio” original dado por Cristo– es, por lo tanto, el criterio para juzgar todas las afirmaciones de verdad, desde el exterior y desde el interior.

Esto es muy importante. Pablo está diciendo en el versículo 8 que incluso su autoridad apostólica proviene de la autoridad del evangelio, y no al revés. Pablo les está diciendo a los gálatas que lo evalúen y lo juzguen, tanto a él como apóstol como a su enseñanza, con el evangelio bíblico. La Biblia juzga a la iglesia; la iglesia no juzga a la Biblia. La Biblia es el fundamento para la iglesia y la creadora de la iglesia; la iglesia no es el fundamento para la Biblia o la creadora de la Biblia. El creyente debe evaluar a la iglesia y a su jerarquía, con el evangelio bíblico como el criterio para juzgar todas las afirmaciones de verdad.

Tampoco nuestra experiencia personal es la plomada final para la verdad. No juzgamos la Biblia por nuestros sentimientos o convicciones; juzgamos nuestras experiencias por la Biblia. Eso significa que si un ángel literalmente se apareciera ante una multitud de personas y enseñara que la salvación es por buenas obras (o cualquier cosa excepto solo por la fe solo en Cristo), ¡deberías literalmente echar al ángel! (v 8). Cuando Pablo dice: “Si nosotros o un ángel...”, da un amplio resumen de la correcta “epistemología” cristiana –cómo saber lo que es verdad.

Extraído del libro "Gálatas para ti" de Timothy Keller

Efesios 6:1 ¿aplica para los hijos adultos?

Efesios 6:1 ¿aplica para los hijos adultos?

Pero ¿no se les ordena a los hijos obedecer a sus padres?

Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. Efesios 6:1 (NVI)

Algunos de ustedes pueden estarse preguntando sobre Efesios 6:1 y el mandato para los hijos de obedecer a sus padres. ¿No se extiende este mandato incluso hasta la edad adulta? ¿O podría existir algún límite implícito? Algunos padres dicen que este mandamiento se aplica a hijos de todas las edades. Pero a la luz de los pasajes que se explicaron antes, creemos que Pablo se está refiriendo a niños que todavía son dependientes de sus padres y que están bajo su techo y autoridad, en contraposición a los que son “de edad”. Aplicar el mandamiento a hijos mayores, incluso a los que están casados, significa que ellos deben honrar a sus padres (Éx 20:12), respetándolos y ayudándolos cuando tengan necesidad (1Ti 5:4). Sin embargo, ya no están obligados a sujetarse a ellos ni a obedecerlos en todas las cosas.

Es una triste realidad que algunos padres abusan pecaminosamente de su posición de autoridad. Amelia era una mujer de unos treinta años que todavía estaba viviendo con sus padres y estaba siendo cortejada por un buen hombre cristiano. El inconveniente era que el trabajo del hombre estaba a miles de kilómetros de distancia de la familia de Amelia. Sus padres se negaron a permitir que su hija se casara con este hombre porque sencillamente no les gustaba la idea de que su hija se mudara tan lejos. Le hicimos saber a Amelia que sus padres estaban tratando de controlarla injustamente (Ef 6:4) y que, de acuerdo con la Escritura, ella era libre de decidir si se casaba o no.

En otro caso, Jorge, un hombre soltero de unos cuarenta años, estaba viviendo con su madre divorciada; ella se oponía a su deseo de casarse con una mujer cristiana que era piadosa y a la que había estado cortejando. Ella quería que él siguiera viviendo con ella o que se casara con la mujer que ella escogiera. La madre de Jorge alegaba que Efesios 6:1 demostraba que su hijo estaría violando la Escritura si se casaba en contra de su voluntad. Jorge buscó el consejo de los líderes de la iglesia, quienes lo convencieron de que él era libre de escoger a su esposa. Hoy en día Jorge y su esposa tienen un matrimonio bendecido con hijos hermosos y amados. Él y su esposa están haciendo todo lo que pueden para mostrarle bondad a su madre a pesar de que ella se opuso a su matrimonio.

El problema de los padres que se rehúsan a liberar a los hijos y que tratan de controlar las decisiones de sus hijos adultos no es algo nuevo. En el siglo dieciséis, el padre de Martín Lutero quería que él fuera un abogado, pero Martín estaba decidido a ser un sacerdote. Aunque el conflicto entre padre e hijo fue doloroso, todo protestante puede estar agradecido de que Lutero se haya opuesto a los deseos de su padre y tomara su propia decisión. Dios usó su determinación de ser su propio jefe de maneras maravillosas, las cuales siguen resonando en todo el mundo más de quinientos años después.

Al igual que Lutero, nuestros adultos jóvenes son responsables ante Dios de tomar sus propias decisiones. Son responsables de escoger su profesión, su cónyuge y su lugar de residencia. Cuando nuestros hijos eran pequeños, sus opciones estaban limitadas por nuestras preferencias. Pero ahora que son “mayores de edad”, son libres para dejar nuestro hogar y nuestra supervisión, aunque creamos que esa decisión sea imprudente.

Extraído del libro "Nunca dejas de ser padre" de Jim Newheiser y Elyse Fitzpatrick

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