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Mirando al futuro para soportar el presente

Mirando al futuro para soportar el presente

Entonces esos poderes, que trabajan para el sufrimiento, tendrán su recompensa, y día a día producirán Tu alabanza, y mi alivio; me edificarán con cuidado y valor, hasta que llegue al cielo y, aún más, a Ti.

— George Herbert, “Aflicción IV”

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: “¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán Su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir”.

— Apocalipsis 21:1-5

No hay nada más práctico para quienes sufren que tener esperanza. La pérdida de la esperanza es lo que hace que el sufrimiento sea insoportable. Y aquí, al final de la Biblia, está la mayor esperanza, un mundo material en el que todo el sufrimiento se ha ido, en el que toda lágrima será enjugada de nuestros ojos. Esta es una esperanza viva y transformadora.

¿A quién estaba escribiendo Juan en el libro de Apocalipsis? Estaba escribiendo a personas que sufrían cosas terribles. El versículo 4 nos muestra la lista. Estaba escribiendo a personas que estaban experimentando aflicciones, peligro de muerte, llanto y dolor. Este libro fue escrito cerca del final del primer siglo, cuando el emperador romano Domiciano estaba llevando a cabo persecuciones de cristianos a gran escala. A algunos les quitaban sus hogares y los saqueaban, y otros eran enviados a la arena para ser despedazados por bestias salvajes mientras el público observaba. Otros eran empalados en postes, cubiertos con brea y, estando aún vivos, les prendían fuego. Eso es lo que los lectores de este libro estaban enfrentando.

¿Y qué les dio Juan para que pudieran enfrentar todo esto? Juan les recordó la mayor esperanza de todas: la llegada de un cielo nuevo y una tierra nueva. Eso fue lo que les dio para enfrentarlo, y la historia nos confirma que funcionó. Sabemos que los primeros cristianos asumieron su sufrimiento con gran serenidad y paz, que cantaron himnos mientras las bestias los desgarraban y que perdonaron a sus verdugos. Es por esto que mientras más los mataban, más crecía el movimiento cristiano. ¿Por qué? Porque cuando la gente los veía morir de esa manera, decían: “Esta gente tiene algo”. Bueno, ¿saben lo que tenían? Tenían esto: una esperanza viva.

Los seres humanos son criaturas diseñadas para la esperanza. La forma en que vives ahora está completamente controlada por lo que crees sobre tu futuro. Estaba leyendo una historia hace algunos años sobre dos hombres que fueron capturados y arrojados a un calabozo. Justo antes de ir a prisión, uno de los hombres descubrió que su esposa y su hijo estaban muertos, y el otro se enteró de que su esposa y su hijo estaban vivos y lo esperaban. En los primeros años de su encarcelamiento, el primer hombre se consumió de tristeza y finalmente murió. Pero el otro hombre aguantó, se mantuvo fuerte y salió diez años después. Ten en cuenta que estos dos hombres experimentaron las mismas circunstancias pero respondieron de manera diferente porque, aunque experimentaron el mismo presente, tenían la mente puesta en futuros diferentes. El futuro era lo que determinaba la forma en que manejaban el presente.

Juan tenía razón, entonces, al ayudar a las personas que sufren dándoles una esperanza. ¿Crees que cuando mueras sencillamente te pudrirás? ¿Crees que la vida en este mundo es toda la felicidad que obtendrás? ¿Crees que algún día el sol va a morir, que toda la civilización humana se extinguirá y que nadie recordará nada de lo que se haya hecho? Esa es una forma de imaginar tu futuro. Pero aquí está otra. ¿Crees en “un cielo nuevo y una tierra nueva”? ¿Crees que toda maldad e injusticia será juzgada en el día del juicio? ¿Crees que te diriges hacia un futuro de gozo eterno? Esos son dos futuros completamente diferentes, y lo que creas determinará la manera en que vas a manejar tus prisiones, tu sufrimiento.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro Caminando con Dios a través de el dolor y el sufrimiento, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 345-347

 

Mensajes subcristianos en la predicación

Mensajes subcristianos en la predicación

Si no identificamos los propósitos redentores de un texto, podemos decir todas las palabras correctas acerca de un texto bíblico y aun así enviar todas las señales incorrectas. Escucho ejemplos de esta falta de comunicación casi cada vez que la estación de radio más escuchada en nuestra ciudad transmite su “meditación” matutina. En cada meditación, el predicador trata un tema —la procrastinación, el cuidado de los hijos, la honestidad en el trabajo, etc.— con uno o dos versículos bíblicos. La estación aumenta la reverberación durante el minuto inspirador, de tal forma que suena como si las palabras vinieran directamente del monte Sinaí. No poner atención parece casi pecado. Mientras el predicador nos recuerda practicar la puntualidad, la buena paternidad y la ética en los negocios, me imagino a miles de oyentes cristianos asintiendo con sus cabezas y diciendo al unísono: “Es cierto... así es como debemos vivir”.

He puesto grabaciones de estas meditaciones en mis clases de seminario y he preguntado si alguien puede discernir el error. Casi nunca detectan un problema. El expositor cita de la Biblia con precisión, defiende causas morales y promueve conductas amorosas. Así que los estudiantes se asombran cuando les señalo que el predicador de la radio no es cristiano. De hecho, representa a una gran secta.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo pueden tantos cristianos (aun aquellos bien informados) aprobar con tanta facilidad las palabras de alguien cuyos compromisos son radicalmente anticristianos? La respuesta es que el locutor de radio no revela su herejía en lo que dice, sino en lo que no dice. Nunca hablará sobre la obra expiatoria de Cristo ni sobre la habilitación del Espíritu Santo. Cada mensaje se centra en la superación humana por medio de la fuerza de voluntad humana. Pero este enfoque no es lo más penoso. El problema más significativo es que muchos cristianos aprueban sus mensajes porque difieren muy poco de los sermones que escuchamos regularmente de los predicadores evangélicos.

Un mensaje que solo aboga por la moralidad y la compasión sigue siendo subcristiano, aun cuando el predicador pueda probar que la Biblia demanda tales conductas. Al ignorar el estado caído de la humanidad y el hecho de que nuestras mejores obras necesitan el rescate de Dios (Is 64:6; Lc 17:10), y al descuidar la gracia de Dios que hace que la obediencia sea posible y aceptable (1Co 15:10; Ef 2:8-9), estos mensajes trastornan el mensaje cristiano. A menudo los predicadores cristianos no reconocen este impacto antievangélico en su predicación porque están simplemente promoviendo una conducta que se especifica claramente en la porción del texto que tienen delante. Pero un mensaje que enseñe incluso inadvertidamente que nuestras obras son el único requisito para obtener la aceptación de Dios terminará alejando a la gente del evangelio. Por sí mismas, las máximas morales y las exhortaciones a mantener la ética que no llevan a una dependencia piadosa no solo son subcristianas, sino que son anticristianas. Jay Adams lo explica con una elocuencia apasionada:

Si predicas un sermón que sería aceptable para el miembro de una sinagoga judía o para una congregación unitaria, hay un serio problema con el mismo. La predicación verdaderamente cristiana es inconfundible. Y lo que la hace inconfundible es la presencia dominante de un Cristo salvador y santificador. Jesucristo debe estar en el centro de cada sermón que predicas. Esto es igual de cierto para la predicación que edifica como para la predicación evangelística.

... La predicación para edificación siempre debe ser evangélica; eso es lo que la hace moral y no moralista, y lo que hace que esta sea inaceptable en una sinagoga, una mezquita o una congregación unitaria. Con evangélica, me refiero a que la importancia de la muerte y resurrección de Cristo —Su muerte sustitutiva y resurrección corporal— para el tema a considerar se muestra claramente en el sermón. No debes exhortar a tu congregación a hacer cualquier cosa que la Biblia requiera de ellos como si ellos pudieran cumplir esos requisitos por ellos mismos, sino solo como una consecuencia del poder salvador de la cruz y de la presencia santificadora de Cristo en la persona del Espíritu Santo. Para ser cristiana, toda predicación para edificación debe considerar plenamente la gracia de Dios en la salvación y en la santificación.

Todas las demás religiones enseñan que los humanos alcanzan a Dios por alguna medida de esfuerzo o a través de algún estado mental, pero la afirmación única del cristianismo es que Dios nos alcanza con gracia debido a nuestra insuficiencia. La Biblia enseña que nuestra relación con Dios no se basa en lo que hacemos sino en lo que Cristo ha hecho: nuestra fe está en Su obra, no en la nuestra (Gá 2:20). Por tanto, una descripción precisa de los mandatos bíblicos no garantiza la ortodoxia cristiana. Las exhortaciones a cumplir con una conducta moral sin la obra del Salvador se convierten en mero fariseísmo, aun cuando los predicadores promuevan las acciones con apoyo bíblico y buenas intenciones. Una espiritualidad basada únicamente en la conducta personal no puede escapar de su órbita centrada en el humano, aunque su intención sea elevarlo a lo divino.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro La predicación Cristocéntrica, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 100

Cómo encontrar el mensaje central de la historia

Cómo encontrar el mensaje central de la historia

Cuando estaba en la escuela primaria, uno de mis compañeros presentó un resumen de una historia escrita por C. S. Lewis que hablaba de cuatro niños, un león que era rey, una bruja blanca y una tierra mágica que estaba oculta y a la cual se accedía a través de un armario. ¡La historia me cautivó! Así pues, compré el libro Las crónicas de Narnia y lo leí con placer. Pero años más tarde, después de mi conversión a Cristo, me di cuenta de que había pasado por alto la obvia intención del autor de dirigir a sus lectores hacia Cristo.

Es posible leer una historia, encontrarla interesante y, aun así, perderte por completo su mensaje central. Por ejemplo, podrías poner una atención desmedida en el escenario o en los personajes secundarios. Podrías leer solamente párrafos aislados o saltar sin rumbo de un lugar a otro. Incluso podrías tratar de confeccionar la trama de la historia o su moraleja desde diversas secciones desconectadas. Pero si haces algo así, lo más probable es que malinterpretes la historia, la figura del héroe y los temas principales.

La Biblia es una historia divinamente inspirada y narra dicha gran historia —también llamada metanarrativa— a través de una colección de historias, canciones, poesía, dichos sapienciales, evangelios, cartas y literatura apocalíptica. En conjunto, estos estilos diversos cuentan la historia verídica de la obra redentora de Dios en el mundo. La Biblia contiene sesenta y seis libros escritos por diferentes autores. Dichos autores fueron inspirados por el Espíritu Santo, quien usó la personalidad y el contexto propio de cada uno de ellos para entregarnos el canon de las Escrituras, el cual contiene un único mensaje y tema principal.

Los creyentes reconocen la autoridad divina de las Escrituras e incluso leen y estudian diariamente la Biblia durante años. Y aun así, muchos siguen sin captar su mensaje principal. En Juan 5:39-40, Jesús se dirige a algunas personas en la misma situación y les dice: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí; y no queréis venir a Mí para que tengáis vida”.

Es posible honrar las Escrituras y aun así leerlas y usarlas incorrectamente al no ver el gran panorama que Dios ha diseñado. Afortunadamente, el Autor de la Biblia nos ha dejado un buen número de pistas que señalan claramente el tema central de su historia.

Aquí tienes una pista formidable ofrecida por Jesucristo mismo:

Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de Mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto (Lc 24:44-49).

Jesús explica dos cosas en este pasaje. En primer lugar, hace la impactante afirmación de que todas y cada una de las partes del Antiguo Testamento —desde el Pentateuco hasta los Profetas y los Salmos— hablan de Su persona. En resumen, Jesús se identifica a Sí mismo como el Mesías prometido. En segundo lugar, dice que Sus discípulos serán testigos de estas cosas a todas las naciones; es decir, a todos los pueblos en todos los lugares.

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Desde Génesis hasta Apocalipsis, Jesucristo es el Héroe
y el mensaje central de dicha historia.

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Dicho de forma sencilla, ¡no entenderás la metanarrativa bíblica hasta que comprendas que todo en ella gira alrededor de Jesús! Desde Génesis hasta Apocalipsis, Jesucristo es el Héroe y el mensaje central de dicha historia. Y aún más, ¡no entenderás quién es Jesús a menos que comprendas cómo el gran panorama bíblico se centra en Él! Jesús es la clave de la interpretación bíblica, y esto significa que aquel que lea cuidadosamente la Biblia lo encontrará al principio de dicha historia, en el medio y al final.

Dios nos ha revelado en las Escrituras los propósitos del Rey, los planes del Rey y las promesas del Rey. A medida que estos temas se van desarrollando en la historia bíblica, debemos prestarles atención y leerlos tal y como Jesús dice que debemos hacerlo. La historia de Dios es una gran historia. En realidad, es la más grandiosa de todas y está centrada en Su plan de redención a través de la persona y obra de Jesucristo. Pero para interpretar la Biblia fielmente, necesitamos las herramientas adecuadas. La disciplina de la teología bíblica es una de dichas herramientas. La teología bíblica nos ayuda a captar el propósito principal de la Biblia, proteger a la iglesia y a guiarla, leer, comprender y enseñar la Biblia como Jesús dijo que debemos hacerlo y nos ayuda en nuestros esfuerzos evangelísticos.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro La teología Bíblica, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 100

¿Qué es el evangelio y por qué comprenderlo bien es clave para las misiones?

¿Qué es el evangelio y por qué comprenderlo bien es clave para las misiones?

¿Qué quiero decir cuando uso la palabra “evangelio”? Con ella me refiero al mensaje cristiano histórico, las buenas nuevas acerca de lo que Dios ha hecho por los pecadores por medio de Cristo. Y con esto no me refiero a ciertas implicaciones de ese mensaje, como por ejemplo la forma en la que algunos cristianos viven o lo que hacen, sino que me refiero al mensaje mismo de lo que Jesús ha hecho por los pecadores; el único mensaje que puede salvarnos del Infierno y llevarnos a Dios.

El evangelio bíblico empieza con Dios, quien creó todas las cosas por Su Palabra. De la nada, Dios habló y fueron creadas todas las galaxias, las nebulosas, las estrellas y los planetas. También creó la vida en nuestro planeta, incluyendo el primer hombre y la primera mujer. Dios los colocó en un huerto y les dio todas las cosas para que las disfrutaran y gobernaran con perfecta libertad. La única prohibición fue que no comieran de un árbol en particular. Pero el rebelde enemigo de Dios entró en el huerto y tentó a Eva, aunque Adán no hizo nada al respecto. Escogieron desobedecer la prohibición de Dios y escuchar en su lugar las falsas promesas de Satanás. Los humanos hemos estado haciendo lo mismo desde entonces. Pero Dios castigará el pecado porque es bueno y justo. Él no es la clase de juez que esconde la suciedad bajo la alfombra, pervirtiendo así la justicia. Él es un juez justo, y eso es malo para transgresores de la ley como nosotros. Rebelarse contra el gobierno justo de un Dios perfecto es indescriptiblemente perverso y merece un castigo de inconcebible severidad y duración. Merecemos un castigo eterno y consciente en el Infierno bajo la ira de Dios.

Pero Dios tenía un plan en su incalculable amor y sabiduría para castigar el pecado —y así ser un juez justo— y al mismo tiempo perdonar a pecadores como nosotros (y así reflejar su misericordia). Eso fue lo que hizo al enviar a Jesucristo —el coeterno y mismo Dios en la persona de Su Hijo— para que se encarnara. Jesús vivió una vida perfecta sin rebelarse nunca contra Dios. Nunca cometió pecado alguno, sino que voluntariamente tomó el lugar de los pecadores. Y al ser clavado en la cruz de madera, cargó sobre Sus hombros toda la fuerza de la justa ira que el Dios todopoderoso tiene en contra del pecado. Cristo cargó sobre Sí mismo el castigo eterno que merecen nuestros pecados. Su sacrificio soberano absorbió el castigo de todos los pecadores que algún día se arrepentirían y confiarían en Él. Dios mostró que había aceptado el sacrificio de Jesucristo cuando lo levantó de la muerte después de haber estado tres días en la tumba.

Ahora este Jesús resucitado ordena a todos en todo lugar que se arrepientan de sus pecados y confíen en Él. Y de manera asombrosa, Cristo nos concede no solo la promesa del perdón, sino también la adopción como hijos e hijas amadas del mismo Dios que hemos ofendido. Si nos hemos arrepentido de nuestros pecados y confiado en Jesús, ahora conocemos la paz con Dios y la esperanza firme de tener gozo eterno y disfrutar de Él para siempre. Ese es el evangelio bíblico y es verdad para todas las personas, todas las lenguas, todos los lugares y todas las culturas a través de los tiempos.

Sea cual sea nuestro papel en la iglesia, lo mejor que podemos hacer es creer este evangelio. Tenemos que meditar en él y medir todo lo que hay en nuestras vidas a la luz de su verdad y su valía.

Y cuando lo hayamos hecho, tenemos que orar por los líderes de nuestra iglesia y animarlos con gentileza a que dirijan a la congregación a poner el evangelio en lo más alto. Dales las gracias cada vez que presenten claramente el evangelio en su predicación y anímales a promover la pasión por las misiones mundiales como una consecuencia natural y bíblica del evangelio.

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El único combustible válido para las misiones mundiales es la gloria del evangelio, no las necesidades de la humanidad.
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Los pastores y líderes de la iglesia tienen que mantener en alto este evangelio no solo en los mensajes evangelísticos, sino en todo tiempo. Las personas salvas de tu congregación necesitan que se les recuerde y se les ayude regularmente a maravillarse en la idea de que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8b). Allí donde las personas ven la obra de Cristo como algo sumamente valioso, las misiones se convierten en un sacrificio racional y glorioso. El único combustible válido para las misiones mundiales es la gloria del evangelio, no las necesidades de la humanidad.

 

¿Qué significan las palabras “misiones” y “misioneros”?

No obstante, ¿qué queremos decir cuando usamos la palabra “misiones” y quién puede ser considerado “misionero”? Para algunos cristianos, estas dos palabras han cambiado su significado recientemente. Algunos tratan ahora la misión de la iglesia como si abarcara todas las cosas buenas que los cristianos hacen, desde la acción social hasta la protección del medioambiente. Es cierto que es bueno hacer estas cosas y otras muchas que multitud de cristianos hacen regularmente de manera individual. Pero mi intención es mantener el uso tradicional e histórico de la palabra “misiones”. Es decir, la exclusiva y característica misión evangélica de la iglesia que es hacer discípulos a todas las naciones. O sea, la clase de evangelismo que lleva el evangelio traspasando los límites étnicos, lingüísticos y geográficos, y que congrega a las iglesias y les enseña a obedecer todo lo que Jesús ha ordenado. La verdad es que hacerlo de manera diferente supone convertir la palabra “misiones” en algo inútil. Tal y como dijo Esteban Neill en su famosa frase respecto a esta nueva definición de las misiones: “Si todo es misión, entonces nada es misión”.

De la misma manera, cuando me refiero a “los misioneros” no estoy hablando de los cristianos que viven en una cultura diferente a la suya y que comparten el evangelio. Así como no todos los miembros de iglesia que aman a Cristo son “pastores o ancianos” y no todos los miembros de iglesia que hablan acerca de la Biblia son “maestros” en el sentido de Santiago 3:1, tampoco todos los testigos del evangelio en una cultura diferente a la suya son misioneros según vemos en 3 Juan o 1 de Corintios. Me ciño al entendimiento tradicional e histórico de la palabra “misionero” como alguien que es reconocido por la iglesia local y enviado para que el evangelio sea conocido y, para congregar, servir y fortalecer a las iglesias locales sin importar las divisiones étnicas, lingüísticas o geográficas. Esas son las personas a las cuales se les ha dicho a nuestras iglesias en lugares como 3 Juan que debemos sustentar.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro Las misiones, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 37-40

¿Qué relación existe entre la gracia, el amor y la ley?

¿Qué relación existe entre la gracia, el amor y la ley?

Es cierto que el Nuevo Testamento nos enseña acerca de la ley del amor. El amor es el cumplimiento de la ley (Ro 13:10). En efecto, “toda la ley se resume en un solo mandamiento: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’” (Gá 5:14). Pero la Escritura nunca dice que el amor sea un reemplazo de la ley, por varios motivos importantes.

El primero es que el amor es lo que manda la ley, y la ley es el cumplimiento del amor. La ley del amor no es una idea recién acuñada del nuevo pacto; está plasmado en la esencia de la fe y la vida del antiguo pacto. Debía ser la confesión continua de Israel: el Señor uno es, y Él debe ser amado con toda el alma (Dt 6:5-6).

El segundo es el principio que se suele pasar por alto: el amor requiere dirección y normas para operar. El amor debe ser encaminado, pero su dirección no debe ser interpretada de manera subjetiva.

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El amor requiere dirección y normas para operar.
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La exposición de Pablo de la vida cristiana en Romanos 13:8-10 incluye el importante principio de que el amor es el cumplimiento de la ley. Pero él nos explica que la “ley” de la que habla en este contexto son “los mandamientos”, es decir, los Diez Mandamientos. Él cita cuatro de los mandamientos del “amor al prójimo” (en el orden en que aparecían en su Antiguo Testamento griego en Deuteronomio 5:17-21). Pero él no aísla estos mandamientos específicos (adulterio, homicidio, robo, codicia); más bien prosigue e incluye “todos los demás mandamientos” (Ro 13:10).

Los mandamientos son los rieles sobre los cuales marcha la vida potenciada por el amor de Dios derramado en el corazón por el Espíritu Santo. El amor impulsa el motor; la ley provee la dirección. Son mutuamente dependientes. La idea de que el amor puede operar sin la ley es producto de la imaginación. No solo es mala teología, sino que es una psicología deficiente. Tiene que tomar prestado de la ley para darle ojos al amor.

Dios dio la ley para gobernar la relación de Su pueblo con Él (ley “religiosa” o “ceremonial”) y también la relación entre ellos en la sociedad (ley “civil”). Esta última estaba destinada a ellos 1) como un pueblo redimido de Egipto, 2) mientras vivían en la tierra, 3) con miras a la llegada del Mesías.

Pero hay un gran panorama en la Biblia, el cual se extiende desde el Sinaí tanto al pasado como al futuro.

El éxodo fue en sí mismo una restauración que pretendía ser vista como una especie de re-Creación. El pueblo fue puesto en una especie de Edén —una tierra donde “abundan la leche y la miel”. Allí, al igual que en el Edén, se les dieron mandamientos con el fin de regular sus vidas para la gloria de Dios. Gracia y deber, privilegio y responsabilidad, indicativo e imperativo, eran la orden del día mientras vivían ante Dios y el uno con el otro.

Además de estas aplicaciones, o más precisamente, como fundamento de ellas, Dios les dio el decálogo. Era simplemente una transcripción en forma mayormente negativa, situada en un nuevo contexto en la tierra, de los principios de vida que habían constituido la existencia original de Adán.

Adelantemonos hasta el Calvario y la venida del Espíritu. Así como Moisés ascendió al Monte Sinaí y trajo la ley en tablas de piedra, ahora Cristo ha ascendido al Monte celestial, pero a diferencia de Moisés, Él ha enviado al Espíritu que reescribe la ley no meramente en tablas de piedra sino en nuestros corazones. Ahora el poder está en el interior, mediante la habitación de Cristo el obediente, el observante de la ley, por el Espíritu. Esto es lo que ahora le da tanto la motivación como el poder al cristiano. Y esta potenciación reduplica en nosotros lo que era cierto para el Señor Jesús —la capacidad de decir: “¡Cuánto amo Tu ley!”. La gracia y la ley están perfectamente correlacionadas.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro El Cristo completo, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 168 - 170

 

Cómo la Pascua apunta a Cristo

Cómo la Pascua apunta a Cristo

Todos los humanos nacimos en Adán (Romanos 5:12-21). Eso significa que todos nacemos siendo esclavos del pecado y nacemos bajo el juicio de la muerte. Somos hijos de Adán, con quien compartimos su pecado y su destino.

Pero Dios, en Su gracia, ha prometido crear una nueva humanidad, libre del pecado y de la muerte. Eligió a Israel como Su primogénito —el primer pueblo que formaría parte de esta nueva humanidad. Israel era un prototipo de la nueva humanidad de Dios. En Éxodo 4:22-23, Dios le dice a Faraón que debe liberar a Israel porque es Su primogénito. Si Faraón se rehusaba, entonces le daría una retribución equivalente —la muerte de cada primogénito de Egipto.

El problema era que los israelitas también eran parte de la humanidad en Adán. Eran el primogénito de Dios, pero también estaban esclavizados por el pecado y eran merecedores de la muerte como el resto de la humanidad. Así que, para ser liberados, primero tenían que morir a su humanidad en Adán. Solo entonces podrían renacer en la nueva humanidad de Dios.

Esto fue lo que sucedió en la Pascua, aunque simbólicamente. Sus primogénitos deben morir —pero un cordero muere en lugar de cada uno. El cordero sufre la muerte que ellos merecían. Su muerte está representada simbólicamente en el cordero. Como resultado, Israel es liberado. Mueren a la vieja humanidad y renacen como los primogénitos de la nueva humanidad. Son liberados porque han muerto (simbólicamente en la muerte del cordero). Esta muerte los ha liberado de todas las obligaciones de su antigua vida. 

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Si la Pascua era un símbolo, la realidad es Cristo.
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Es por ello que la consagración de los primogénitos se convierte en algo tan importante: El SEÑOR habló con Moisés y le dijo: “Conságrame el primogénito de todo vientre. Míos son todos los primogénitos israelitas y todos los primeros machos de sus animales” (Éxodo 13:1-2).

Israel murió en la Pascua, así que ya no le pertenecían a Adán, sino que ahora le pertenecían a Dios. Esta pertenencia fue marcada simbólicamente con el primogénito de todo varón israelita, ya fuese humano o animal. Lo que es cierto sobre la familia humana (el hijo primogénito, que era Israel, le pertenecía a Dios) se ve reflejado en la familia de cada israelita (el primogénito de cada animal le pertenecía a Dios). Así que cada niño debía ser dedicado a (o redimido por) Dios.

Pero la Pascua es solo simbólica. Los israelitas fueron liberados de la esclavitud, pero solo de la esclavitud de Egipto, no de la esclavitud del pecado. Y fueron salvados de la muerte, pero solo de la muerte en la noche de la Pascua, no de la muerte eterna. La muerte del cordero trajo vida, pero no para siempre. Como resultado, aunque Israel le pertenecía a Dios, continuaron viviendo como hijos de Adán. En otras palabras, continuaron viviendo como esclavos del pecado. La redención del primogénito era un recordatorio de lo que Dios había hecho, es decir, de que liberó a Su pueblo de la esclavitud. Pero el hecho de que tenía que repetirse con cada nueva generación es también un recordatorio de lo que Dios haría de liberar completa y naturalmente a Su pueblo de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Si la Pascua era un símbolo, la realidad es Cristo. Él es nuestro Cordero pascual, quien murió en nuestro lugar. Él es el cumplimiento de la promesa hecha en la Pascua. Cristo es el primogénito entre los muertos (Colosenses 1:18). Él es el Hijo de Adán que murió y fue resucitado como el primogénito de la nueva humanidad. Todos los que están en Cristo mediante la fe han muerto en Cristo a la esclavitud del pecado y a la condenación de la muerte. Y así hemos resucitado a una nueva vida en Cristo. El libro de Éxodo establece el patrón de redención a través del sacrificio, el cual se cumple en Cristo.

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Este artículo fue adaptado de una porción del libro Éxodo para ti, publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.
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Página 32