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6 responsabilidades que Dios le ha asignado a los padres

6 responsabilidades que Dios le ha asignado a los padres

Dios ha dado a los padres las siguientes responsabilidades:

1. Aprovechar cada oportunidad para mostrar a sus hijos su necesidad de Cristo

La mayor necesidad de nuestros hijos es nacer de nuevo. La salvación de nuestros hijos no depende de lo que hagamos como padres. Su salvación es un asunto entre ellos y Dios. Sin embargo, somos responsables delante de Dios de apuntarles al Salvador que puede limpiar sus corazones.

Por muchos años creí que si los instruía diligentemente en las Escrituras estaría asegurando su salvación. Cuando mi hijo cumplió siete años, me di cuenta de que le citaba todos los versículos correctos para cada pecado, y de que podía hacer que Él se comportara conforme a la Biblia, pero solo Dios podía alcanzar su corazón. Se había vuelto un experto en honrar de labios. Le había instruido a que dijera las palabras correctas, pero su cara decía: “Ya te dije que lo que querías que dijera, ahora ¡déjame tranquilo!”.

Fue durante este tiempo que Dios me enseñó a dejar de confiar en mis habilidades. Tuve que dejar de tratar de controlar su corazón y dejar que Dios actuara. Fueron tiempos difíciles. Parecía que había un océano de distancia entre nosotros. Hoy estoy muy agradecida por ese tiempo, pues me llevó a depender más de Dios. Le busqué con todo mi corazón y le rogué que restaurara nuestra relación y que hiciera que Wesley recibiera mi instrucción como una muestra de amor.

Dios me llevó a hacer dos cosas. Primero, a pasar tiempo a solas con él cada noche. A no apurarme. A no pasar ese tiempo instruyéndolo, sino sentada a su lado y escuchando lo que sea que él quisiera decirme. Segundo, a volver a su cuarto cada noche antes de dormirme y orar por él. Mi oración cada noche era que Dios tocara su corazón. Y Él lo hizo. (Para entender cómo llevar a tu hijo a Cristo, ver el Apéndice B al final del libro.)

2. Entrenarlos a obedecer a Dios al honrar y obedecer a sus padres

Debemos ayudarlos a obedecer a Dios al requerirles que nos obedezcan. Si no les requerimos obediencia, seremos una piedra de tropiezo para ellos. Lucas 17:2 explica que sería mejor ahogarnos en el mar con una piedra de molino en nuestro cuello que hacer que un niño tropiece. Cuando no le exigimos obediencia a nuestros hijos, les estamos robando parte de las bendiciones que Dios tiene para ellos. Efesios 6:1-3 nos dice: “Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es jus- to. ‘Honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa— para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra’”.

3. Enseñarles sabiduría

Esto aplica para los hijos salvos y para los inconversos. Aunque la Biblia enseña que nadie que rechaza a Cristo es verdaderamente sabio, se nos da el mandato de instruir y entrenar a nuestros hijos con sabiduría para la vida diaria.

4. Entrenarlos en justicia

Brenda Payne dice: “No podemos hacer que nuestros hijos sean justos, pero podemos enseñarles a hacer lo correcto”. Pablo le dijo a Timoteo en 1 Timoteo 4:7-8: “Rechaza las leyendas profanas y otros mitos semejantes. Más bien, ejercítate en la piedad, pues aunque el ejercicio físico trae algún provecho, la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no solo para la vida presente sino también para la venidera”. Es importante que nuestros hijos tengan el hábito de pensar y actuar correctamente. Necesitan entender que al demostrar la justicia de Dios, están haciendo que Su luz brille en un mundo oscuro. Es una de las formas en que pueden mostrar el poder de Cristo a otros.

Traté de explicarle a mi hija de cinco años las diversas maneras en que podemos compartir nuestra fe, pero no creo que ella haya entendido bien el concepto. Un día decidió que iba a seguir el consejo de Mamá y que iba a compartir su fe con unos vecinitos. El momento me pareció ideal, su método fenomenal y su motivación... bueno, solo Dios puede juzgar los corazones. Hay unos niños en nuestro vecindario a quienes les encanta sacar de quicio a Alex (lo cual no es tan difícil). Un día empezaron su guerra de palabras para molestarla... y lo lograron. Desde su patio estaban gritándole cosas para contrariarla. Estoy segura de que Alex estaba debatiéndose si debía “pagar mal por mal” o seguir el consejo de mamá y ser testigo de Jesús. Al final decidió caminar hasta la verja que dividía ambos patios, y con las manos en la cintura y su rostro bien en alto, comenzó a cantarles: “Us-te-des-no-co-no-cen-a-Je-sús”. Aunque no podía ver su cara, algo me dice que también les sacó la lengua al terminar la canción. Evidente tenemos que seguir trabajando con la forma en que ha de compartir su fe.

5. Orar por ellos

Debemos cubrir todos nuestros esfuerzos con oración. Podemos obedecer a Dios al instruir y enseñar a nuestros hijos, pero es Dios quien transforma los corazones.

6. Ser un ejemplo de piedad

Debemos enseñar con el ejemplo. Hace muchos años, un amigo me escribió una nota que decía: “Tus palabras hablan y tus pisadas también, pero tus pisadas hablan más alto que tus palabras”.

J. Vernon McGee cuenta una historia acerca de un padre que tenía un frasco de whisky en su granero. Cada mañana salía y tomaba un trago de whisky. Un día iba saliendo, como de costumbre, pero esta vez alguien iba detrás de él. Al mirar atrás, vio a su niñito siguiendo sus pisadas en la nieve. El padre le preguntó: “Hijo, ¿qué estás haciendo?”. El niño respondió: “Estoy siguiendo tus pisadas”. El padre envió al hijo a la casa, entró a su granero y estrelló la botella de whisky.

Alguien está siguiendo tus pisadas. Tu hijo aprende más por lo que te ve hacer, no por lo que te oye decir. Él seguirá tu ejemplo. Al hacerlo, ¿será un hacedor de la Palabra o solamente un oidor? ¿Será fiel o hipócrita? Quizás uno de los versículos más aleccionadores en cuanto a nuestra responsabilidad de instruir a nuestros hijos es Lucas 6:40: “El discípulo no está por encima de su maestro, pero todo el que haya completado su aprendizaje, a lo sumo llega al nivel de su maestro”.

Extraído del libro "¡No me hagas contar hasta tres!" de Ginger Hubbard

¿Cómo nos podemos asegurar de que el evangelio en el que creemos es el verdadero?

¿Cómo nos podemos asegurar de que el evangelio en el que creemos es el verdadero?

"Pero, aun si alguno de nosotros o un ángel del cielo les predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado, ¡que caiga bajo maldición!" Gálatas 1:8

Ya que el verdadero evangelio es tan crucial, y tan a menudo y fácilmente invalidado, esto despierta en nosotros una pregunta inquietante: ¿cómo podemos asegurar que el evangelio que nosotros creemos es en realidad el verdadero? ¿Cómo sabemos que no es solo un evangelio que nosotros sentimos que es verdad o que nos dijeron que es verdad o que pensamos que es verdad o que nos suena como verdadero, sino que es un evangelio que es verdad, objetivamente, y por lo tanto puede salvar real y eternamente?

Pablo establece, en el lenguaje más fuerte posible, una plomada para juzgar todas las afirmaciones de verdad, ya sean externas (de maestros, escritores, pensadores, predicadores) o internas (sentimientos, sensaciones, experiencia). Ese estándar es el evangelio que él (y todos los demás Apóstoles con A mayúscula) recibió de Cristo y enseñó, y que se encuentra en esta carta y a lo largo del resto de la Biblia.

“Si alguno de nosotros... les predicara un evangelio distinto... ¡que caiga bajo maldición!” (v 8). Aquí tenemos cómo juzgar a las autoridades externas, por ejemplo los maestros humanos o los líderes institucionales humanos, o incluso los oficiales ordenados por una jerarquía eclesiástica.

Llama la atención que al decir “nosotros”, Pablo mismo se incluye como una autoridad humana. Está diciendo que él debe ser rechazado si alguna vez dice: He cambiado de opinión acerca de lo que es el evangelio. Como él nos dirá, el evangelio no llegó a él por medio de un proceso de razonamiento y reflexión; él lo recibió, no lo desarrolló. Así que él no tiene la libertad para alterarlo por medio del razonamiento y la reflexión. En Gálatas 2, Pablo nos dirá que su evangelio fue confirmado por otros que también habían recibido el mensaje por medio de la revelación del Cristo resucitado. Este consenso apostólico –este “depósito del evangelio” original dado por Cristo– es, por lo tanto, el criterio para juzgar todas las afirmaciones de verdad, desde el exterior y desde el interior.

Esto es muy importante. Pablo está diciendo en el versículo 8 que incluso su autoridad apostólica proviene de la autoridad del evangelio, y no al revés. Pablo les está diciendo a los gálatas que lo evalúen y lo juzguen, tanto a él como apóstol como a su enseñanza, con el evangelio bíblico. La Biblia juzga a la iglesia; la iglesia no juzga a la Biblia. La Biblia es el fundamento para la iglesia y la creadora de la iglesia; la iglesia no es el fundamento para la Biblia o la creadora de la Biblia. El creyente debe evaluar a la iglesia y a su jerarquía, con el evangelio bíblico como el criterio para juzgar todas las afirmaciones de verdad.

Tampoco nuestra experiencia personal es la plomada final para la verdad. No juzgamos la Biblia por nuestros sentimientos o convicciones; juzgamos nuestras experiencias por la Biblia. Eso significa que si un ángel literalmente se apareciera ante una multitud de personas y enseñara que la salvación es por buenas obras (o cualquier cosa excepto solo por la fe solo en Cristo), ¡deberías literalmente echar al ángel! (v 8). Cuando Pablo dice: “Si nosotros o un ángel...”, da un amplio resumen de la correcta “epistemología” cristiana –cómo saber lo que es verdad.

Extraído del libro "Gálatas para ti" de Timothy Keller

Efesios 6:1 ¿aplica para los hijos adultos?

Efesios 6:1 ¿aplica para los hijos adultos?

Pero ¿no se les ordena a los hijos obedecer a sus padres?

Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. Efesios 6:1 (NVI)

Algunos de ustedes pueden estarse preguntando sobre Efesios 6:1 y el mandato para los hijos de obedecer a sus padres. ¿No se extiende este mandato incluso hasta la edad adulta? ¿O podría existir algún límite implícito? Algunos padres dicen que este mandamiento se aplica a hijos de todas las edades. Pero a la luz de los pasajes que se explicaron antes, creemos que Pablo se está refiriendo a niños que todavía son dependientes de sus padres y que están bajo su techo y autoridad, en contraposición a los que son “de edad”. Aplicar el mandamiento a hijos mayores, incluso a los que están casados, significa que ellos deben honrar a sus padres (Éx 20:12), respetándolos y ayudándolos cuando tengan necesidad (1Ti 5:4). Sin embargo, ya no están obligados a sujetarse a ellos ni a obedecerlos en todas las cosas.

Es una triste realidad que algunos padres abusan pecaminosamente de su posición de autoridad. Amelia era una mujer de unos treinta años que todavía estaba viviendo con sus padres y estaba siendo cortejada por un buen hombre cristiano. El inconveniente era que el trabajo del hombre estaba a miles de kilómetros de distancia de la familia de Amelia. Sus padres se negaron a permitir que su hija se casara con este hombre porque sencillamente no les gustaba la idea de que su hija se mudara tan lejos. Le hicimos saber a Amelia que sus padres estaban tratando de controlarla injustamente (Ef 6:4) y que, de acuerdo con la Escritura, ella era libre de decidir si se casaba o no.

En otro caso, Jorge, un hombre soltero de unos cuarenta años, estaba viviendo con su madre divorciada; ella se oponía a su deseo de casarse con una mujer cristiana que era piadosa y a la que había estado cortejando. Ella quería que él siguiera viviendo con ella o que se casara con la mujer que ella escogiera. La madre de Jorge alegaba que Efesios 6:1 demostraba que su hijo estaría violando la Escritura si se casaba en contra de su voluntad. Jorge buscó el consejo de los líderes de la iglesia, quienes lo convencieron de que él era libre de escoger a su esposa. Hoy en día Jorge y su esposa tienen un matrimonio bendecido con hijos hermosos y amados. Él y su esposa están haciendo todo lo que pueden para mostrarle bondad a su madre a pesar de que ella se opuso a su matrimonio.

El problema de los padres que se rehúsan a liberar a los hijos y que tratan de controlar las decisiones de sus hijos adultos no es algo nuevo. En el siglo dieciséis, el padre de Martín Lutero quería que él fuera un abogado, pero Martín estaba decidido a ser un sacerdote. Aunque el conflicto entre padre e hijo fue doloroso, todo protestante puede estar agradecido de que Lutero se haya opuesto a los deseos de su padre y tomara su propia decisión. Dios usó su determinación de ser su propio jefe de maneras maravillosas, las cuales siguen resonando en todo el mundo más de quinientos años después.

Al igual que Lutero, nuestros adultos jóvenes son responsables ante Dios de tomar sus propias decisiones. Son responsables de escoger su profesión, su cónyuge y su lugar de residencia. Cuando nuestros hijos eran pequeños, sus opciones estaban limitadas por nuestras preferencias. Pero ahora que son “mayores de edad”, son libres para dejar nuestro hogar y nuestra supervisión, aunque creamos que esa decisión sea imprudente.

Extraído del libro "Nunca dejas de ser padre" de Jim Newheiser y Elyse Fitzpatrick

  • Poiema Publicaciones
Aferrándonos a lo eterno

Aferrándonos a lo eterno

Pensar bien y a menudo en la eternidad no es algo que nos debe asustar ni entristecer. Cuando negamos la realidad de la eternidad o vivimos ignorándola, nos estamos perdiendo del gozo de Dios.

Me doy cuenta de que toda esta charla acerca de la eternidad podría causarte un sentimiento de urgencia en cuanto al poco tiempo que tenemos. En cierta medida, es saludable que sintamos la atracción gravitatoria de nuestra finitud. Cuidar de niños puede hacer que nos enfoquemos simplemente en que pasen los minutos del día (o de la noche). Debemos orar como el salmista: “Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría” (Sal 90:12). Debemos pedirle al Señor que nos recuerde que “lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno” (2Co 4:18).

Esta es la razón por la que debemos tener cuidado de no pensar que el mayor problema de una madre es la falta de tiempo. ¡Cuán tentada soy a ver una temporada ocupada como un obstáculo para regocijarme en el Señor! El mayor impedimento para gozarnos en Dios no es la falta de tiempo. Cuando perdemos de vista la perspectiva eterna en nuestra vida cotidiana, la expiación ya no es ni vital ni preciosa para nosotras. Un regalo más grande que el tiempo es el regalo del perdón por nuestros pecados a través de Cristo Jesús, para así poder contemplar a nuestro santo Dios.

En última instancia, vivir con la eternidad en mente es una obra del amor redentor de Dios en nuestras vidas. No puedo presentarte un plan creativo y estratégico para tener un corazón que se aferre a los propósitos de Dios en la eternidad. Ninguna de nosotras puede reunir suficiente fuerza de voluntad para amar a Dios y Su glorioso reino. Solamente la gracia redentora, todopoderosa y transformadora de Dios puede levantar nuestro corazón pecaminoso de entre los muertos, darnos vida eterna y fijar nuestra mirada en Jesús, nuestra bendita esperanza. Toda alma que ha sido resucitada por la gracia ha experimentado algo que Jesús comparó con el milagro del nacimiento. Él lo llamó “nacer de nuevo”. “De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Jn 3:3).

Como descendientes de nuestros primeros padres, cuyo pecado en el jardín trajo juicio sobre toda la humanidad, debemos maravillarnos de la gracia común de Dios al permitir que la vida humana continúe en nuestro mundo caído. Tanto hombres como mujeres pueden ver la gracia común de Dios al darnos el don de la vida. Esto es cierto aunque un bebé nunca haya salido de tu propio cuerpo. Esto es cierto incluso si un niño es llevado al cielo antes de nacer. Cuando consideramos el milagro de la vida, podemos comenzar a entender lo que nos sucedió cuando nacimos de nuevo y recibimos vida eterna. Donde antes no había vida, Dios da vida. ¡Qué gracia!

Nacemos muertos en nuestros delitos, siendo enemigos de Dios antes de que dijéramos nuestra primera palabra o nos aferráramos a nuestro primer pensamiento orgulloso. Estar separados de la vida en Dios es una muerte en vida. Por medio de la fe, vemos cómo el don de Dios se multiplicó a un gran número de personas. Debido a que Abraham le creyó a Dios, podemos rastrear nuestro linaje espiritual hasta llegar a Abraham mismo. “Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar” (Heb 11:12).

La fe de Abraham era como la de Adán. Aunque la muerte reinó por causa del pecado, ambos creyeron la promesa de vida de Dios. Podemos maravillarnos de la gracia de Dios junto con el apóstol Pablo: “...con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo” (Ro 5:17). Nuestra mejor respuesta a esta buena noticia es alabar a nuestro Dios misericordioso. “¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva” (1P 1:3).

Vivimos por fe. Podemos acostar a nuestros hijos en las noches por fe, cerrar los ojos para dormir (un rato) por fe, y despertarnos por la mañana llenas de fe en que Jesús es nuestra esperanza, incluso cuando nuestros hijos estén creciendo demasiado rápido para nuestro gusto.

Extraído del libro "Atesorando a Cristo cuando tus manos están llenas" de Gloria Furman

8 objetivos que deberían guiar la carrera y el trabajo de cada cristiano

8 objetivos que deberían guiar la carrera y el trabajo de cada cristiano

El evangelio nos libera de ir a trabajar para demostrar lo que podemos hacer y para servirnos a nosotros mismos. Quizá nuestro objetivo no sea llegar a ser millonario, o comprar un mejor carro, o recibir el reconocimiento y la alabanza de los líderes de la industria, pero ¿es nuestro trabajo motivado por amor al mundo que nos rodea o por amor a nosotros mismos? ¿Hacemos nuestro trabajo para beneficiar a otros o para tener nuestro pequeño cielo aquí? El evangelio nos salva tan profundamente y nos satisface tan completamente que podemos entregarnos a nosotros mismos —nuestros dones, nuestras carreras, nuestras vidas— para ser usados para el bien de otros, especialmente para el bien de su fe y de su gozo en Dios. Donde sea que trabajemos, Dios nos ha puesto en ese lugar como agentes del gozo eterno. A continuación, hay ocho objetivos que deberían guiar la carrera de cada cristiano. Enamórate de estas aspiraciones y tu trabajo dará mucho fruto para Cristo, sin importar tu campo laboral.

1. Aspira a mostrar a Dios como alguien grandioso

La pasión de Dios por Su gloria inspira todo lo que Él hace, incluyendo el amar y salvar a pecadores (Is 44:22- 23). Y ahora Él llama a los redimidos a hacer todo para Su gloria: “Ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1Co 10:31). Todo lo que hagamos: sea en privado o en público, sea por recreación o por vocación, sea domingo o lunes, estemos solteros o casados. De todas las obras que Dios lleva a cabo en el mundo, la mayor es la revelación de Su asombroso poder y belleza a personas de todas partes. Donde sea que trabajemos, Él quiere que ese sea el objetivo de nuestra vida y de nuestra vocación —que las personas vean nuestro buen trabajo y le den la gloria a nuestro Dios (Mt 5:16).

2. Aspira a contribuir a la obra de Dios

Si nuestra única categoría para la obra del Señor es el ministerio cristiano, no tardaremos en desconectar nuestra vida vocacional de nuestra misión en la vida —exaltar a Dios y Su gloria. Todo trabajo es parte de la obra de Dios —preparado por Él, llevado a cabo mediante la fe en Él, y hecho para Él y delante de Él. Llevar la contabilidad de una empresa, desarrollar un programa y hacer una comida es parte de la obra de Dios, planeada por Él mucho antes de nuestro primer día de trabajo. Todas nuestras buenas obras fueron preparadas de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef 2:10). Nuestro trabajo es parte de la obra de Dios porque no podemos hacerlo sin Él. Nada, vocacional o no, agradará a Dios si no se hace en fe, es decir, confiando activamente en Él y atesorando a Jesús. Pablo dijo: “... y todo lo que no procede de fe, es pecado” (Ro 14:23, LBLA). La ruta del camionero, la precisión del cirujano, y el consejo del consejero son parte de la obra del Señor cuando lo hacemos en dependencia de Él, confiando en que Él nos dará la fortaleza, la sabiduría y la capacidad para hacerlo. Las palabras de Pablo en Colosenses 3:23-24 (“Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo... Ustedes sirven a Cristo el Señor”) no son consejos hiperespirituales para que puedas vencer las barreras psicológicas de tu trabajo. Cuando amamos a Jesús, todo lo que hacemos es un servicio hecho para Él.

3. Aspira a encontrar tu gozo en Dios, no en el dinero

“¿A quién tengo en el cielo sino a Ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra” (Sal 73:25). Quizá ninguna distracción será tan sutilmente atractiva como nuestra carrera (o el éxito, la fama y el dinero que conlleva). Al tener que dedicarle 100,000 horas, es obvio que nuestro trabajo consumirá gran parte de nuestro tiempo y atención. Sin embargo, nadie puede amar a Dios y al dinero —y eso incluye el éxito, el reconocimiento, el perfeccionismo y los ascensos. No es que sea malo para nuestra salud. Es que es imposible (Mt 6:24). La única forma de vencer estas amenazas a nuestra alma es procurando que nuestra mayor satisfacción esté en Dios. Isaías escribió: “¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán con manjares deliciosos” (Is 55:2). Alguien que come de esta manera —que se alimenta de lo que Dios es para él— no desperdiciará su vida deseando cosas más bonitas o queriendo estar un peldaño más arriba de su escalera corporativa. Quizá Dios nos conceda esto o aquello en nuestro trabajo, pero no significará nada comparado con Él (Jn 4:34). Y amar a Dios de esa manera es lo que nos llevará a tomar buenas decisiones respecto a dónde trabajar, y qué hacer con el dinero y la influencia que vayamos ganando en el camino.

4. Aspira a desconcertar al mundo

Empleados y empleadores, “les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Ro 12:1). Nuestra vida —toda nuestra vida, incluyendo nuestro trabajo— es un acto de adoración. ¿Cómo? “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Ro 12:2). ¿Trabajaremos amoldándonos a este mundo o de una manera que lo desconcierte? Los seguidores de Jesús están llenos del Espíritu y deben ser notablemente diferentes a las personas que no conocen ni aman a nuestro Señor. Cuando la realidad central de nuestra vida cambia, debe haber cambios en nosotros. Queremos que el mundo quede tan desconcertado por la forma en que vivimos, trabajamos y gastamos que tenga que preguntarnos por la razón de nuestra esperanza en Cristo (1P 3:15).

5. Aspira a proveer para ti y para tu familia

Esto es natural para la mayoría. Todos necesitamos comer, así que todos necesitamos trabajar. Incluso dentro de la seguridad y generosidad de la iglesia, Pablo dijo: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2Ts 3:10). Dios ha creado un mundo en el que sobrevivimos haciendo contribuciones tangibles e intercambiables a la sociedad. Vivimos por la fe, y comemos por el trabajo. Casi todo el mundo da esto por hecho, pero las personas que aman a Dios y temen al dinero podrían pasar esto por alto. Servimos a un Dios que provee (Lc 11:10-13; Stg 1:17), y reflejamos la generosidad de Su amor cuando proveemos para aquellos que nos han sido confiados. Cosas como planear, realizar un presupuesto y ahorrar no son actos sin fe. De hecho, esa es la clase de mayordomía que glorifica grandemente a Dios cuando se hace por amor a Él y a nuestras (futuras) familias. Es importante decir que esto no siempre estará relacionado a las finanzas. Los padres deben proveerse muchas otras cosas entre sí y a sus hijos. Proveer espiritual y emocionalmente puede incluso implicar hacer a un lado otro ingreso o algún ascenso, al menos por una temporada. El principio es proveer para los nuestros, lo mejor posible, de forma que apuntemos a la provisión de Dios para nosotros en Jesús.

6. Aspira a sobreabundar para otros

Para la gloria de Dios, debemos aspirar a proveer para los nuestros, pero no debería terminar ahí. Dios tiene muchos otros propósitos para nuestro dinero que simplemente nuestra comida, la renta y la gasolina. “El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados” (Ef 4:28). Pablo no dijo “para que no necesite robar”. No, el trabajo piadoso no solo me involucra a mí. Las profesiones que son verdaderamente cristianas, independientemente del campo laboral, sacian las necesidades de los demás. Los solteros usualmente pueden ser aún más generosos, porque solo están pagando las cuentas de una persona. La promesa que Jesús nos hizo es: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hch 20:35). Somos necios al pensar que recibiremos bendiciones al quedarnos con todo lo que ganamos. Jesús promete que estaremos mejor —muchísimo mejor— cuando dejamos de acumular para nosotros mismos y damos libremente de lo nuestro a otros. Así que debemos orar (y entrevistar, negociar y firmar contratos) con esta meta en mente —compartir con otros de forma regular y radical de todo lo que tenemos y de lo que ganamos (1Ti 6:18).

7. Aspira a edificar y proteger a la iglesia

Dios salva al mundo a través de la iglesia (Ef 3:10). Es Su único medio para llevar el mensaje del evangelio a todos los lugares de trabajo y a todas las naciones del mundo. No existe un plan B, alguna estrategia no descubierta que pudiera reemplazar a la iglesia algún día. Y nuestra victoria a través de la iglesia es segura (Mt 16:18), así que nada de lo que invirtamos en ella será en vano. Todo nuestro trabajo debe contribuir a esa gran causa. La iglesia es un cuerpo formado por muchos miembros que son dependientes entre sí, funcionando como ojos y manos y pies (1Co 12:12-26). Si estamos siguiendo a Jesús, somos parte de ese cuerpo. La pregunta es si seremos un miembro activo y saludable. Si no lo somos, la iglesia sufrirá. Carecerá de los dones únicos que Dios nos ha dado para servirle. Puede ser enseñar, aconsejar, manejar las finanzas, dar la bienvenida, cocinar, conducir un vehículo o miles de otras cosas. Debemos considerar las formas en que nuestras 100,000 horas pudieran ser de mayor bendición a la iglesia local. Asombrosamente, el trabajo más importante de la iglesia no lo hacen los pastores (aquellos llamados al ministerio vocacionalmente), sino los miembros. Los pastores están ahí para “capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo” (Ef 4:12). Los pastores nos capacitan para el ministerio, y eso implica que debemos estar igual de involucrados en la misión que aquellos que son sostenidos económicamente por la iglesia. Eso hace que el trabajo de todo aquel que ame a Jesús, aunque no esté vocacionalmente en el ministerio, sea increíblemente estratégico para el Reino.

8. Aspira a trabajar por aquello que perdura

Ten en mente que esta vida es corta y que todo lo que no se haga para Cristo será en vano. Lucha contra la falsa idea de que tenemos que edificar y acumular en este mundo. Jesús dijo: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar” (Mt 6:19-20). Esto no necesariamente significa hacer algo explícitamente cristiano. Sí significa que las cosas hechas por razones egoístas y pecaminosas no perdurarán. Queremos que las inversiones que hagamos con nuestro tiempo, dinero, creatividad y talentos —con nuestra vida de solteros y nuestro trabajo— sean inversiones que perduren por la eternidad, y lo serán cuando le hablen al mundo acerca de nuestro Dios.

100,000 oportunidades

Si esos ocho objetivos son nuestros objetivos, entonces existen 100,000 (y más) buenas formas de invertir nuestras 100,000 horas, y en la mayoría de ellas no seremos remunerados por proclamar a Cristo. El ministerio cristiano vocacional no es la única opción. De hecho, para la mayoría de nosotros, el ministerio que más exaltará a Jesús no será “el ministerio”. Tal vez tus 100,000 horas suplirán las necesidades de ministerios estratégicos, o te capacitarán para servir a la iglesia de maneras únicas (tecnología, comunicaciones, mantenimiento y más), o te rodearán de personas que aún no han creído con quienes puedes compartir el evangelio de una forma más natural. Mantente abierto a un llamado específico de Dios hacia el ministerio vocacional, pero no pienses que es la única forma de tener un ministerio efectivo, fiel y fructífero. Ya sea que escribamos sermones sobre un escritorio, vendamos escritorios, armemos escritorios, consigamos la madera, o que instruyamos a los hijos del carpintero para que sean mujeres y hombres piadosos, Dios puede utilizar a los solteros de manera única y poderosa para llevar a cabo Su más grande misión en el mundo.

Extraído del libro "Soltero por ahora" de Marshall Segal

¿Qué tiene que ver la evangelización con la iglesia local?

¿Qué tiene que ver la evangelización con la iglesia local?

Si debemos mostrar una imagen del evangelio mediante nuestro amor unos por otros, esto debe tener lugar en una congregación local con personas que han hecho juntas un pacto en amor para ser una iglesia. No es un amor abstracto, sino un amor para personas que viven en el mundo real. No puedo decirte cuántas veces he escuchado de parte de no creyentes que la iglesia les resultó extraña, pero lo que les atrajo a la comunión fue el amor que había entre sus miembros.

Pero el evangelio es proyectado no solamente a través de nuestro amor. ¿Has pensado alguna vez en cuántas instrucciones bíblicas Dios ha diseñado para la iglesia que, si se siguen correctamente, sirven como proclamaciones del evangelio?

Al buscar una cultura de evangelización, no rediseñamos la iglesia para la evangelización. En vez de esto, permitimos que aquellas cosas que Dios ya ha diseñado para la iglesia proclamen el evangelio. Jesús no se olvidó del evangelio cuando edificó su iglesia.

Por ejemplo, los bautismos son imágenes de la muerte, la sepultura, y la resurrección de Jesús. Estas imágenes muestran cómo su muerte es nuestra muerte y cómo su vida es nuestra vida. La Santa Cena proclama la muerte de Cristo hasta que él regrese y nos lleva a confesar nuestros pecados y a experimentar el perdón una vez más. Cuando oramos, oramos las verdades de Dios. Cantamos las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros a través del evangelio. Damos financieramente para hacer avanzar el mensaje del evangelio. La predicación de la Palabra presenta el evangelio.

De hecho, para empezar, la predicación de la Palabra de Dios es lo que forma la iglesia. Y, una vez que está formada, a la iglesia se le da la tarea de hacer discípulos, quienes son luego enviados a predicar el evangelio para formar nuevas iglesias. Este ciclo ha venido sucediendo desde que Jesús ascendió al cielo y continuará hasta que regrese.

Extraído de La evangelización de J. Mack Stiles