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¿Cuál es el propósito del sufrimiento?

¿Cuál es el propósito del sufrimiento?

Peter Berger dice que todas las personas y culturas anhelan “darle sentido a la experiencia del sufrimiento y el mal”. Ninguna cultura o cosmovisión ha hecho esto con la minuciosidad con que lo ha hecho el cristianismo. Según la teología cristiana, todo sufrimiento tiene un propósito, pues Dios se propuso derrotar al mal de una manera tan exhaustiva en la cruz que todos los estragos del mal algún día serán deshechos y nosotros, a pesar de haber participado tan profundamente en él, seremos salvos. Dios no está logrando esto a pesar del sufrimiento, la agonía y la pérdida, sino por medio de estas cosas; es por medio del sufrimiento de Dios que el sufrimiento de la humanidad finalmente será superado y destruido. Aunque es imposible no preguntarse si Dios pudo haber hecho todo esto de otra manera —sin permitir toda la miseria y el dolor— la cruz nos asegura que, cualesquiera que sean los consejos y propósitos insondables detrás del curso de la historia, todos surgen de Su amor por nosotros y Su compromiso absoluto con nuestro gozo y nuestra gloria.

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“Es por medio del sufrimiento de Dios que el sufrimiento de la humanidad finalmente será superado y destruido.”

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Así que el sufrimiento se encuentra en el centro de la fe cristiana. No solo es la forma en que Cristo se hizo uno de nosotros y nos redimió, sino que es una de las principales formas en que nos asemejamos a Él y experimentamos Su redención. Y eso significa que nuestro sufrimiento, a pesar del dolor que conlleva, también está lleno de propósito y utilidad.

 

3 marcas que muestran que realmente has creído en el evangelio

3 marcas que muestran que realmente has creído en el evangelio

1 Juan 5:10-12 (RVR 1960):

10 El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. 11 Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. 12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.

Según el apóstol Juan, el testimonio de Dios es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Asimismo, Juan afirma que todo aquel que de verdad cree en el Hijo tiene este testimonio en sí mismo.

Esta notable verdad es mucho más difícil de interpretar que lo que uno podría pensar inicialmente. Incluso entre los eruditos dentro de la tradición conservadora reformada, se han presentado varias opiniones. ¿Está Juan afirmando que el que cree ha aceptado e interiorizado el testimonio que Dios ha dado sobre Su Hijo? ¿Está Juan aludiendo al testimonio interno del Espíritu, que habita dentro del creyente? ¿O se refiere al testimonio vivencial de la vida eterna que el creyente posee ahora, la realidad de una nueva clase de vida que se centra en una relación íntima con el Padre y con el Hijo? Quizás el significado es lo suficientemente amplio para incluirlas todas.

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“Una primera marca que muestra que nos hemos convertido verdaderamente es que hemos aceptado el testimonio de Dios.”

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Una primera marca que muestra que nos hemos convertido verdaderamente es que hemos aceptado el testimonio de Dios, el cual nos lo comunicó en primer lugar a través de sus testigos oculares, como los apóstoles, y desde entonces se ha comunicado a cada generación a través de la predicación fiel del evangelio. Sabemos que somos cristianos porque poseemos y confiamos en el evangelio de Jesucristo que “una vez fue dado a los santos” (Jud 3). Nosotros tenemos nuestro fundamento en las Escrituras y permanecemos dentro de la corriente del cristianismo evangélico histórico. No nos hemos alejado de la esperanza del evangelio, sino que continuamos en la fe firmemente establecida e inalterable.



1. El evangelio es parte de nosotros

Es importante notar que una aceptación genuina del testimonio de Dios que resulta en la salvación no es superficial ni banal; por ello, nosotros poco a poco lo asimilamos dentro de cada aspecto de nuestras vidas. Para el verdadero convertido, Cristo se vuelve su carne y su bebida. Jesús les dijo: “De cierto, de cierto les digo: Si no comen la carne del Hijo del Hombre, y beben Su sangre, no tienen vida en ustedes” (Jn 6:53). Sus palabras se convirtieron en el fundamento, el modelo y la meta de la vida. El evangelio se convirtió en una parte de nosotros y la marca distintiva de quienes somos; nos define y fija nuestro rumbo. Está dentro de nosotros y es parte de nuestro ser. Así como no podemos dividir nuestra persona y esparcirla a las cuatro esquinas del globo, así también no podemos separarnos del evangelio. De las profundidades de nuestro ser interior, coincidimos con el evangelio, nos deleitamos en su belleza y anhelamos ser conformados con sus preceptos. ¡Toda proclamación fiel del evangelio que escuchamos o leemos es una confirmación más para nuestros corazones de que Cristo es todo y de que la vida eterna está solo en el Hijo!

2. El Espíritu Santo nos da testimonio

Una segunda marca que muestra que de verdad somos cristianos es el testimonio interno del Espíritu que habita dentro de nosotros. Del Evangelio de Juan, aprendemos que el Espíritu Santo ha sido enviado para testificar de Cristo, habitar en el creyente y guiarlo a toda verdad. De la epístola de Juan, aprendemos que el Espíritu trabaja dentro del creyente para confirmar y fortalecer su confianza como hijo. Sabemos que somos hijos de Dios y que tenemos una relación permanente con Cristo por medio del Espíritu que Él nos ha dado. El Espíritu de Dios da testimonio de la encarnación y de la obra expiatoria de Cristo, y confirma su realidad dentro de nuestros corazones.

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“El Espíritu Santo y la vida que fluye de Él han sido dados a todo creyente como un tipo de primicias y promesa de la vida que se revela en nuestra glorificación final.”

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Observemos que esta enseñanza sobre el testimonio interno del Espíritu Santo no solo ocurre en los escritos de Juan, sino que es esencial para la perspectiva de Pablo sobre la vida cristiana. El Espíritu Santo y la vida que fluye de Él han sido dados a todo creyente como un tipo de primicias y promesa de la vida que se revela en nuestra glorificación final. Mediante el Espíritu Santo, el amor de Dios se derrama dentro de nuestros corazones en una experiencia real y visible. El Espíritu Santo quita nuestro temor de la condenación que nos esclaviza y lo sustituye con una fuerte seguridad de nuestra condición de hijos, que nos lleva a clamar: “Abba Padre”. El Espíritu también nos guía según la voluntad de Dios y nos sostiene en medio de nuestra debilidad. Por último, el Espíritu Santo da testimonio de que somos hijos de Dios a través de la obra permanente de la santificación al conformarnos a la imagen de Cristo y producir la vida fructífera de Cristo dentro de nosotros.

Según Juan y Pablo, esta obra interna del Espíritu será una realidad en la vida de todo hijo de Dios. Sus manifestaciones variarán de creyente a creyente. Y aun en el santo más maduro, habrá tiempos de poda, aridez aparente y una pérdida o atenuación de la presencia evidente de Dios. Ahora bien, la vida de todo creyente mostrará manifestaciones visibles y prácticas de la obra del Espíritu. Este es uno de los derechos de nacimiento de los hijos de Dios y uno de los medios por el que se nos garantiza que lo conocemos.

3. El testimonio de la realidad de la vida eterna

Una tercera marca que muestra que hemos creído de verdad para salvación es el testimonio de la realidad de la vida eterna dentro de nosotros. Entender esta declaración exige que recordemos la verdadera naturaleza de la vida eterna. No es solo un infinito número de días, sino una calidad de vida que se fundamenta y fluye de un conocimiento íntimo y de la comunión con Dios y con Su Cristo. Si la vida eterna se refiere solo a una vida sin fin o a una realidad futura en el cielo, entonces aun la persona más carnal y mundana puede afirmar que la posee, y ninguno podrá refutarla. Sin embargo, si la vida eterna es una nueva clase de vida que se manifiesta por un conocimiento real de Dios y la comunión con Él, entonces la confianza de la persona carnal y mundana queda expuesta como débil en el mejor de los casos y como totalmente falsa en el peor de ellos.

Una máxima que es popular y bíblica existe dentro del cristianismo evangélico: “Sabemos que tenemos vida eterna porque creemos”. No obstante, también podemos cambiar el orden de las palabras y crear una nueva máxima que es igualmente bíblica: “Sabemos que hemos creído porque tenemos vida eterna”. Es decir, sabemos que hemos creído de verdad en Cristo y que somos justificados por esa fe debido a la realidad permanente y visible de una nueva clase de vida dentro de nosotros que empezó en la conversión. Sabemos que hemos creído para salvación porque hemos entrado en una comunión real, vital y permanente con el único Dios verdadero y Jesucristo a quien Él ha enviado. ¡Esta es la vida eterna! ¿Es esto verdad en nosotros?

La persona que más habla del infierno en la Biblia es Jesús

La persona que más habla del infierno en la Biblia es Jesús

Muchos cristianos hoy en día dicen: “Seguramente es mejor concebir el evangelio como un lugar donde habrá algunos castigos temporales hasta que al final la gente simplemente pierda toda conciencia: que sean al final aniquiladas”. Otros creen que es manipulador y cruel siquiera pensar en el infierno y dicen: “Solo hablemos del amor de Dios”. Sin embargo, hay varias cosas que realmente hay que decir. Este no es un tema fácil, pero hay que tratarlo.

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Si yo acepto que el infierno es real, eterno y más aterrador que cualquier otra cosa, sería una falta de bondad y amor de mi parte no advertirte, exactamente como habría sido una falta de bondad y amor de parte de Jesús no haber advertido a la gente de su época.

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Jesús es quien introduce la mayoría de las horribles imágenes que tenemos acerca del infierno. Él puede decirles abiertamente a Sus seguidores que corren el riesgo de ser crucificados, golpeados, aserrados y todo lo demás: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien, teman a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno” (Mt 10:28). Él habla acerca de calabozos y cadenas, de las tinieblas de afuera. La gente a veces dice: “Me gustaría ir al infierno. Todos mis amigos estarán allí”. No habrá amigos en el infierno. Jesús habla de llanto, gemidos y crujir de dientes. Por eso no debe sorprendernos que Él llore por la ciudad cuando sus habitantes no se arrepienten ni creen.

Por lo tanto, si la gente piensa que advertir a las personas acerca del infierno es manipulador, deben acusar a Jesús de manipulación. No obstante, la acusación de manipulación sólo tiene sentido si la amenaza del infierno no es real. Nadie hablaría de manipular a las personas para que salgan de un edificio en llamas si se les advierte de las terribles consecuencias de quedarse dentro y se les ruega que salgan. Si yo acepto que el infierno es real, eterno y más aterrador que cualquier otra cosa, sería una falta de bondad y amor de mi parte no advertirte, exactamente como habría sido una falta de bondad y amor de parte de Jesús no haber advertido a la gente de su época.

Ya que somos redimidos solo por gracia, solo por Cristo, ¿tenemos que hacer buenas obras y obedecer la Palabra de Dios?

Ya que somos redimidos solo por gracia, solo por Cristo, ¿tenemos que hacer buenas obras y obedecer la Palabra de Dios?

Sí, porque Cristo, habiéndonos redimido por Su sangre, también nos renueva mediante Su Espíritu; para que nuestras vidas puedan mostrar amor y gratitud a Dios; para que seamos afirmados en nuestra fe por los frutos; y para que otros sean ganados para Cristo por nuestro comportamiento piadoso.

1 PEDRO 2:9-12

Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Ustedes antes ni siquiera eran pueblo, pero ahora son pueblo de Dios; antes no habían recibido misericordia, pero ahora ya la han recibido. Queridos hermanos, les ruego como a extranjeros y peregrinos en este mundo que se aparten de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación.

CHARLES HADDON SPURGEON

Así que, queridos amigos, estas buenas obras deben estar en el cristiano. No son la raíz, sino el fruto de su salvación. No son el camino hacia la salvación de un creyente; son su andar en el camino de la salvación. Cuando hay vida saludable en un árbol, el árbol producirá fruto de acuerdo a su especie; así que si Dios ha hecho que nuestra naturaleza sea buena, el fruto será bueno. Pero si el fruto es malo, es porque el árbol es lo que siempre fue—un árbol malo. El deseo de los hombres que han nacido de nuevo en Cristo es deshacerse de todo pecado. Sí pecamos, pero no amamos el pecado. En ocasiones el pecado gana poder sobre nosotros, y cuando pecamos es como si experimentáramos una especie de muerte; pero el pecado no nos domina, pues ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia; y, por tanto, debemos conquistarlo y obtener la victoria.

LIGON DUNCAN

Si la salvación es solo por gracia, solo por medio de la fe, solo en Cristo—si somos salvados y perdonados y aceptados por lo que Jesús hizo por nosotros, y no por nuestras buenas obras—¿hay aún lugar para las buenas obras y la obediencia en la vida cristiana? La Biblia nos da una enfática respuesta: sí.

Primero, hay lugar para las buenas obras porque, en la salvación, somos salvados no solo del castigo por el pecado, sino también del poder del pecado. En la salvación, a través de la obra de Jesucristo, no solo encontramos perdón sino que también encontramos transformación. Somos hechos nuevas criaturas en Jesucristo. Él nos libera del dominio del pecado en nuestra vida. Y, por tanto, la salvación por gracia no significa que el cambio o el crecimiento sean innecesarios en la vida cristiana. Significa que el cambio y el crecimiento ahora son posibles porque Dios está obrando en nosotros por medio de Su Espíritu Santo.

sí que ¿cuál es papel que juega la obediencia a la Palabra de Dios, la ley de Dios, en la vida cristiana? Gratitud, seguridad y testimonio.

En la vida cristiana, toda nuestra obediencia es un acto de gratitud a Dios por la gracia que Él nos ha mostrado en Jesucristo. Recuerda lo que Pablo dice en Efesios 2: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (v 8-10). ¿Viste lo que Pablo dijo aquí? No dijo que fuimos salvados por buenas obras. De hecho, dijo claramente que no es el caso. Pero sí dijo que fuimos salvados para buenas obras. Así que el papel de las obras en la vida cristiana no es salvarnos. No son para lograr que Dios nos ame. Es para expresar nuestra gratitud a Dios por el amor que nos ha mostrado en Jesucristo y por la salvación que nos ha dado libremente en Jesucristo. Así que toda nuestra obediencia a la Palabra de Dios en la vida cristiana es un acto de gratitud.

En segundo lugar, las buenas obras hechas en fe también nos dan seguridad. En su primera carta a los tesalonicenses, Pablo explica que él sabe que ellos son los escogidos de Dios (1Ts 1:3-5). Eso es asombroso. ¿Cómo sabrías tú quiénes son los escogidos de Dios? En el versículo 3, Pablo habla de las obras de fe de los tesalonicenses, de su trabajo de amor y de su constancia sostenida por la esperanza. Esencialmente está diciendo: “Veo la obra del Espíritu Santo en sus vidas y eso me hace saber que ustedes son hijos de Dios”. Y después explica cómo eso sirve para darles seguridad (v 5). Se nos da seguridad en la vida cristiana cuando vemos a Dios obrando en nosotros para transformarnos, y eso se expresa en nuestra obediencia a los mandamientos de Dios.

Una tercera forma en que la ley, las buenas obras y la obediencia obran en la vida cristiana se relaciona al área del testimonio. Cuando obedecemos la Palabra de Dios, cuando hacemos buenas obras, glorificamos a nuestro Padre celestial. Y le damos a aquellos que nos observan una razón para glorificar a nuestro Padre celestial. Pedro explica esto cuando nos dice que quiere que vivamos ejemplarmente frente al mundo para que nos observen y glorifiquen a nuestro Padre celestial, quien nos amó y nos salvó por gracia (1P 2:12).

Así que, aunque somos salvos por gracia, somos salvos para vivir una vida de buenas obras y de obediencia. No para que Dios nos ame, sino porque Dios nos ama y porque queremos ser como Su Hijo, quien dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar Su obra” (Jn 4:34).

La vida en la comunidad de los creyentes

La vida en la comunidad de los creyentes

Romanos 11:33–12:8:

33 ¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos! 34 «¿Quién ha conocido la mente del Señor, o quién ha sido su consejero?» 35 «¿Quién le ha dado primero a Dios, para que luego Dios le pague?» 36 Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén.

1Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. 2 No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta 3 Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado. 4 Pues, así como cada uno de nosotros tiene un solo cuerpo con muchos miembros, y no todos estos miembros desempeñan la misma función, 5 también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás. 6 Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe; 7 si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe; 8 si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría.

En este pasaje es evidente que Pablo suponía que sus lectores eran parte de un “cuerpo”, que es una de las formas comunes en que el Nuevo Testamento describe a la iglesia. No existe ninguna idea por parte de Jesús, de Pablo o de alguno de los otros autores bíblicos que enseñe que podemos ser discípulos por nuestra cuenta. Llevamos a cabo nuestro llamado siendo miembros de una comunidad de creyentes.

Romanos 12 comienza con el mandato a todos los hermanos de ofrecer sus cuerpos a Dios como sacrificios vivos. Esta dedicación de todo nuestro ser es agradable a Dios, y Él la recibe como un acto de adoración. He escuchado muchas prédicas sobre este texto, y se suele bromear diciendo que el problema con los sacrificios vivos es que ellos siempre están tratando de bajarse del altar. ¡Muy cierto!

Ofrecernos a Dios de esta manera significa que:

  • Dejamos de conformarnos a los estándares de este mundo (hábitos, acciones y actitudes que reflejan la vida pasada sin Cristo). Otra traducción dice: “... no adopten las costumbres de este mundo...” (RVC).
  • Comenzamos a ser transformados (esta es la palabra metamorfosis que usamos para describir la transformación de una oruga en mariposa) por la renovación de nuestras mentes. Esto se va a lograr a medida que aprendamos a fijar nuestras mentes en Cristo y dejemos que la Palabra de Dios moldee nuestro pensamiento.
  • Cuando servimos en la iglesia de Jesús lo hacemos con humildad, no con arrogancia.

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“No existe ninguna idea por parte de Jesús, de Pablo o de alguno de los otros autores bíblicos que enseñe que podamos ser discípulos por nuestra cuenta.”
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Pablo después presenta la importante verdad de que si la iglesia es el cuerpo de Cristo, todos somos uno. Sin embargo, al igual que las partes del cuerpo humano, cada miembro tiene una tarea diferente que desempeñar para que el cuerpo esté saludable. Para realizar esas tareas se han dado “dones” a los miembros del cuerpo. Hay varias listas de esos dones en las diferentes cartas a las iglesias. (1 Corintios 12 es otro ejemplo.) Nota que Pablo hace una lista de siete dones básicos en este pasaje:

  • Profecía (predicar o proclamar la Palabra de Dios)
  • Servicio
  • Enseñanza
  • Alentar a otros
  • Contribuir con dinero
  • Liderazgo (administración) 
  • Mostrar misericordia


¿Crees que puedes aportar en tu iglesia con alguno de estos dones? Esta lista no tiene la intención de proponer los únicos dones que podemos ofrecer a la iglesia, pero sí nos reta a considerar en oración lo que podríamos hacer por la salud de la misma. Muchas veces descubrirás tu don o tus dones a medida que te involucres en los ministerios de tu congregación.

 

¿Qué es la oración y cómo debemos orar?

¿Qué es la oración y cómo debemos orar?

La oración es derramar nuestros corazones a Dios en alabanza, petición, confesión de pecado y agradecimiento.

Salmo 62:8:

Confía siempre en Él, pueblo mío; ábrele tu corazón cuando estés ante Él. ¡Dios es nuestro refugio!

ABRAHAM BOOTH

Debido a que los enemigos de tu alma son empedernidos, sutiles y poderosos, y tus marcos espirituales son inconstantes, es altamente necesario que vivas recordando continuamente aquellas consideraciones. ¿Qué sería más recomendable y necesario que caminar cuidadosamente; que velar y orar, no sea que entres en tentación? Siempre debes recordar tu propia debilidad e insuficiencia y reflejarla en tu conducta. Debido a que la corrupción de la naturaleza es un enemigo que siempre está cerca de ti, y siempre dentro de ti, mientras vivas en la tierra; y debido a que está fuertemente dispuesta a ceder ante cada tentación; deberías “por sobre todas las cosas [cuidar] tu corazón”. Cuida, cuida diligentemente, todas sus imaginaciones, emociones y tendencias. Considera cuándo surgen y hacia qué se inclinan antes de ejecutar cualquier propósito. Tan grande es el engaño del corazón humano que “el que confía en su propio corazón es un necio”; ignorante de su peligro y sin considerar sus mejores intereses. Esta consideración debería provocar que todo hijo de Dios doble sus rodillas suplicantes, con la mayor frecuencia, humildad y fervor; que viva ante el trono de la gracia y no se aleje de ahí para ponerse al alcance del peligro. Cuanto más veamos la fortaleza de nuestros adversarios y el peligro en el que estamos, tanto más debemos ejercitarnos en la oración ferviente. ¿Puedes tú, cristiano, ser indiferente y descuidado cuando el mundo, la carne y el diablo son tus implacables e incansables oponentes?

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“Cuanto más veamos la fortaleza de nuestros adversarios y el peligro en el que estamos, tanto más debemos ejercitarnos en la oración ferviente.”
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JOHN PIPER


La única forma de andar en el Espíritu es por medio de la oración. Es la única manera de caminar por fe. En otras palabras, la oración es el aliento diario de la vida cristiana. Es un estilo de vida.

Permíteme ilustrar esto con cuatro elementos del catecismo: confesión, petición, alabanza y agradecimiento. Te invito a que en cada ocasión donde sientas que necesitas ayuda, enfrentes ese momento orando y utilizando estos cuatro elementos.

Supongamos que tengo que hablar frente a un grupo y estoy nervioso (puedes elegir cualquier situación que te sea difícil). A medida que se acerca el momento, me pregunto: "¿Seré capaz de hacer esto? ¿Recordaré lo que tengo que decir? ¿Quedaré como un tonto?”. Y en ese momento confieso mi necesidad a Dios y le digo: “Señor, soy un pecador. No merezco Tu ayuda, pero la necesito. No puedo hacer nada sin Ti”. Ese es el paso de confesión en la oración.

Después convierto mi confesión en petición. “Señor, por favor ayúdame. Necesito una buena memoria. Necesito buena articulación. Necesito la actitud adecuada. Necesito humildad. Necesito poder mirar a las personas a los ojos. Necesito todas estas cosas. Quiero ser de ayuda a mis oyentes. Pero estas cosas no están en mí. Ayúdame”. Ese es el paso de petición en la oración. Un clamor por ayuda.

Y después tengo que pensar en algún atributo de Dios que me lleve a alabarle y a confiar en Él. Por ejemplo, Dios dice: “Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con Mi diestra victoriosa” (Is 41:10). Yo me aferro a esa promesa, a ese poder, ese amor y esa misericordia; confío en Él y lo alabo. “Tú, Señor, puedes ayudarme. Confío en que me ayudarás. Te alabo por ser la clase de Dios que está dispuesto, y es capaz, de ayudarme”. Ese es el paso de confianza y alabanza en la oración.

Luego predico, confiando en Él. Y cuando termino, sin importar qué suceda, le doy las gracias. Debido a que confié en que Él me ayudaría, creo que utilizará mi esfuerzo independientemente de cuán bien yo crea que me haya ido. “¡Gracias, Señor!”. Ese es el paso del agradecimiento en la oración.

Ahí están—cuatro palabras claves del catecismo.

Primero, confiesa continuamente tu necesidad al Señor. “Te necesito”.

Segundo, pide, clama por ayuda. “¡Ayúdame!”.

Tercero, aférrate a las promesas de Dios con confianza y alabanza por Su capacidad para cumplirlas.

Y después, cuando te ayude, ve y dile: “Gracias”.

Ese es el ritmo de la vida cristiana, el aire para el cristiano.