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Aferrándonos a lo eterno

Aferrándonos a lo eterno

Pensar bien y a menudo en la eternidad no es algo que nos debe asustar ni entristecer. Cuando negamos la realidad de la eternidad o vivimos ignorándola, nos estamos perdiendo del gozo de Dios.

Me doy cuenta de que toda esta charla acerca de la eternidad podría causarte un sentimiento de urgencia en cuanto al poco tiempo que tenemos. En cierta medida, es saludable que sintamos la atracción gravitatoria de nuestra finitud. Cuidar de niños puede hacer que nos enfoquemos simplemente en que pasen los minutos del día (o de la noche). Debemos orar como el salmista: “Enséñanos a contar bien nuestros días, para que nuestro corazón adquiera sabiduría” (Sal 90:12). Debemos pedirle al Señor que nos recuerde que “lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno” (2Co 4:18).

Esta es la razón por la que debemos tener cuidado de no pensar que el mayor problema de una madre es la falta de tiempo. ¡Cuán tentada soy a ver una temporada ocupada como un obstáculo para regocijarme en el Señor! El mayor impedimento para gozarnos en Dios no es la falta de tiempo. Cuando perdemos de vista la perspectiva eterna en nuestra vida cotidiana, la expiación ya no es ni vital ni preciosa para nosotras. Un regalo más grande que el tiempo es el regalo del perdón por nuestros pecados a través de Cristo Jesús, para así poder contemplar a nuestro santo Dios.

En última instancia, vivir con la eternidad en mente es una obra del amor redentor de Dios en nuestras vidas. No puedo presentarte un plan creativo y estratégico para tener un corazón que se aferre a los propósitos de Dios en la eternidad. Ninguna de nosotras puede reunir suficiente fuerza de voluntad para amar a Dios y Su glorioso reino. Solamente la gracia redentora, todopoderosa y transformadora de Dios puede levantar nuestro corazón pecaminoso de entre los muertos, darnos vida eterna y fijar nuestra mirada en Jesús, nuestra bendita esperanza. Toda alma que ha sido resucitada por la gracia ha experimentado algo que Jesús comparó con el milagro del nacimiento. Él lo llamó “nacer de nuevo”. “De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Jn 3:3).

Como descendientes de nuestros primeros padres, cuyo pecado en el jardín trajo juicio sobre toda la humanidad, debemos maravillarnos de la gracia común de Dios al permitir que la vida humana continúe en nuestro mundo caído. Tanto hombres como mujeres pueden ver la gracia común de Dios al darnos el don de la vida. Esto es cierto aunque un bebé nunca haya salido de tu propio cuerpo. Esto es cierto incluso si un niño es llevado al cielo antes de nacer. Cuando consideramos el milagro de la vida, podemos comenzar a entender lo que nos sucedió cuando nacimos de nuevo y recibimos vida eterna. Donde antes no había vida, Dios da vida. ¡Qué gracia!

Nacemos muertos en nuestros delitos, siendo enemigos de Dios antes de que dijéramos nuestra primera palabra o nos aferráramos a nuestro primer pensamiento orgulloso. Estar separados de la vida en Dios es una muerte en vida. Por medio de la fe, vemos cómo el don de Dios se multiplicó a un gran número de personas. Debido a que Abraham le creyó a Dios, podemos rastrear nuestro linaje espiritual hasta llegar a Abraham mismo. “Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar” (Heb 11:12).

La fe de Abraham era como la de Adán. Aunque la muerte reinó por causa del pecado, ambos creyeron la promesa de vida de Dios. Podemos maravillarnos de la gracia de Dios junto con el apóstol Pablo: “...con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo” (Ro 5:17). Nuestra mejor respuesta a esta buena noticia es alabar a nuestro Dios misericordioso. “¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por Su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva” (1P 1:3).

Vivimos por fe. Podemos acostar a nuestros hijos en las noches por fe, cerrar los ojos para dormir (un rato) por fe, y despertarnos por la mañana llenas de fe en que Jesús es nuestra esperanza, incluso cuando nuestros hijos estén creciendo demasiado rápido para nuestro gusto.

Extraído del libro "Atesorando a Cristo cuando tus manos están llenas" de Gloria Furman

8 objetivos que deberían guiar la carrera y el trabajo de cada cristiano

8 objetivos que deberían guiar la carrera y el trabajo de cada cristiano

El evangelio nos libera de ir a trabajar para demostrar lo que podemos hacer y para servirnos a nosotros mismos. Quizá nuestro objetivo no sea llegar a ser millonario, o comprar un mejor carro, o recibir el reconocimiento y la alabanza de los líderes de la industria, pero ¿es nuestro trabajo motivado por amor al mundo que nos rodea o por amor a nosotros mismos? ¿Hacemos nuestro trabajo para beneficiar a otros o para tener nuestro pequeño cielo aquí? El evangelio nos salva tan profundamente y nos satisface tan completamente que podemos entregarnos a nosotros mismos —nuestros dones, nuestras carreras, nuestras vidas— para ser usados para el bien de otros, especialmente para el bien de su fe y de su gozo en Dios. Donde sea que trabajemos, Dios nos ha puesto en ese lugar como agentes del gozo eterno. A continuación, hay ocho objetivos que deberían guiar la carrera de cada cristiano. Enamórate de estas aspiraciones y tu trabajo dará mucho fruto para Cristo, sin importar tu campo laboral.

1. Aspira a mostrar a Dios como alguien grandioso

La pasión de Dios por Su gloria inspira todo lo que Él hace, incluyendo el amar y salvar a pecadores (Is 44:22- 23). Y ahora Él llama a los redimidos a hacer todo para Su gloria: “Ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1Co 10:31). Todo lo que hagamos: sea en privado o en público, sea por recreación o por vocación, sea domingo o lunes, estemos solteros o casados. De todas las obras que Dios lleva a cabo en el mundo, la mayor es la revelación de Su asombroso poder y belleza a personas de todas partes. Donde sea que trabajemos, Él quiere que ese sea el objetivo de nuestra vida y de nuestra vocación —que las personas vean nuestro buen trabajo y le den la gloria a nuestro Dios (Mt 5:16).

2. Aspira a contribuir a la obra de Dios

Si nuestra única categoría para la obra del Señor es el ministerio cristiano, no tardaremos en desconectar nuestra vida vocacional de nuestra misión en la vida —exaltar a Dios y Su gloria. Todo trabajo es parte de la obra de Dios —preparado por Él, llevado a cabo mediante la fe en Él, y hecho para Él y delante de Él. Llevar la contabilidad de una empresa, desarrollar un programa y hacer una comida es parte de la obra de Dios, planeada por Él mucho antes de nuestro primer día de trabajo. Todas nuestras buenas obras fueron preparadas de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef 2:10). Nuestro trabajo es parte de la obra de Dios porque no podemos hacerlo sin Él. Nada, vocacional o no, agradará a Dios si no se hace en fe, es decir, confiando activamente en Él y atesorando a Jesús. Pablo dijo: “... y todo lo que no procede de fe, es pecado” (Ro 14:23, LBLA). La ruta del camionero, la precisión del cirujano, y el consejo del consejero son parte de la obra del Señor cuando lo hacemos en dependencia de Él, confiando en que Él nos dará la fortaleza, la sabiduría y la capacidad para hacerlo. Las palabras de Pablo en Colosenses 3:23-24 (“Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo... Ustedes sirven a Cristo el Señor”) no son consejos hiperespirituales para que puedas vencer las barreras psicológicas de tu trabajo. Cuando amamos a Jesús, todo lo que hacemos es un servicio hecho para Él.

3. Aspira a encontrar tu gozo en Dios, no en el dinero

“¿A quién tengo en el cielo sino a Ti? Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra” (Sal 73:25). Quizá ninguna distracción será tan sutilmente atractiva como nuestra carrera (o el éxito, la fama y el dinero que conlleva). Al tener que dedicarle 100,000 horas, es obvio que nuestro trabajo consumirá gran parte de nuestro tiempo y atención. Sin embargo, nadie puede amar a Dios y al dinero —y eso incluye el éxito, el reconocimiento, el perfeccionismo y los ascensos. No es que sea malo para nuestra salud. Es que es imposible (Mt 6:24). La única forma de vencer estas amenazas a nuestra alma es procurando que nuestra mayor satisfacción esté en Dios. Isaías escribió: “¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán con manjares deliciosos” (Is 55:2). Alguien que come de esta manera —que se alimenta de lo que Dios es para él— no desperdiciará su vida deseando cosas más bonitas o queriendo estar un peldaño más arriba de su escalera corporativa. Quizá Dios nos conceda esto o aquello en nuestro trabajo, pero no significará nada comparado con Él (Jn 4:34). Y amar a Dios de esa manera es lo que nos llevará a tomar buenas decisiones respecto a dónde trabajar, y qué hacer con el dinero y la influencia que vayamos ganando en el camino.

4. Aspira a desconcertar al mundo

Empleados y empleadores, “les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Ro 12:1). Nuestra vida —toda nuestra vida, incluyendo nuestro trabajo— es un acto de adoración. ¿Cómo? “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Ro 12:2). ¿Trabajaremos amoldándonos a este mundo o de una manera que lo desconcierte? Los seguidores de Jesús están llenos del Espíritu y deben ser notablemente diferentes a las personas que no conocen ni aman a nuestro Señor. Cuando la realidad central de nuestra vida cambia, debe haber cambios en nosotros. Queremos que el mundo quede tan desconcertado por la forma en que vivimos, trabajamos y gastamos que tenga que preguntarnos por la razón de nuestra esperanza en Cristo (1P 3:15).

5. Aspira a proveer para ti y para tu familia

Esto es natural para la mayoría. Todos necesitamos comer, así que todos necesitamos trabajar. Incluso dentro de la seguridad y generosidad de la iglesia, Pablo dijo: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2Ts 3:10). Dios ha creado un mundo en el que sobrevivimos haciendo contribuciones tangibles e intercambiables a la sociedad. Vivimos por la fe, y comemos por el trabajo. Casi todo el mundo da esto por hecho, pero las personas que aman a Dios y temen al dinero podrían pasar esto por alto. Servimos a un Dios que provee (Lc 11:10-13; Stg 1:17), y reflejamos la generosidad de Su amor cuando proveemos para aquellos que nos han sido confiados. Cosas como planear, realizar un presupuesto y ahorrar no son actos sin fe. De hecho, esa es la clase de mayordomía que glorifica grandemente a Dios cuando se hace por amor a Él y a nuestras (futuras) familias. Es importante decir que esto no siempre estará relacionado a las finanzas. Los padres deben proveerse muchas otras cosas entre sí y a sus hijos. Proveer espiritual y emocionalmente puede incluso implicar hacer a un lado otro ingreso o algún ascenso, al menos por una temporada. El principio es proveer para los nuestros, lo mejor posible, de forma que apuntemos a la provisión de Dios para nosotros en Jesús.

6. Aspira a sobreabundar para otros

Para la gloria de Dios, debemos aspirar a proveer para los nuestros, pero no debería terminar ahí. Dios tiene muchos otros propósitos para nuestro dinero que simplemente nuestra comida, la renta y la gasolina. “El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados” (Ef 4:28). Pablo no dijo “para que no necesite robar”. No, el trabajo piadoso no solo me involucra a mí. Las profesiones que son verdaderamente cristianas, independientemente del campo laboral, sacian las necesidades de los demás. Los solteros usualmente pueden ser aún más generosos, porque solo están pagando las cuentas de una persona. La promesa que Jesús nos hizo es: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hch 20:35). Somos necios al pensar que recibiremos bendiciones al quedarnos con todo lo que ganamos. Jesús promete que estaremos mejor —muchísimo mejor— cuando dejamos de acumular para nosotros mismos y damos libremente de lo nuestro a otros. Así que debemos orar (y entrevistar, negociar y firmar contratos) con esta meta en mente —compartir con otros de forma regular y radical de todo lo que tenemos y de lo que ganamos (1Ti 6:18).

7. Aspira a edificar y proteger a la iglesia

Dios salva al mundo a través de la iglesia (Ef 3:10). Es Su único medio para llevar el mensaje del evangelio a todos los lugares de trabajo y a todas las naciones del mundo. No existe un plan B, alguna estrategia no descubierta que pudiera reemplazar a la iglesia algún día. Y nuestra victoria a través de la iglesia es segura (Mt 16:18), así que nada de lo que invirtamos en ella será en vano. Todo nuestro trabajo debe contribuir a esa gran causa. La iglesia es un cuerpo formado por muchos miembros que son dependientes entre sí, funcionando como ojos y manos y pies (1Co 12:12-26). Si estamos siguiendo a Jesús, somos parte de ese cuerpo. La pregunta es si seremos un miembro activo y saludable. Si no lo somos, la iglesia sufrirá. Carecerá de los dones únicos que Dios nos ha dado para servirle. Puede ser enseñar, aconsejar, manejar las finanzas, dar la bienvenida, cocinar, conducir un vehículo o miles de otras cosas. Debemos considerar las formas en que nuestras 100,000 horas pudieran ser de mayor bendición a la iglesia local. Asombrosamente, el trabajo más importante de la iglesia no lo hacen los pastores (aquellos llamados al ministerio vocacionalmente), sino los miembros. Los pastores están ahí para “capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo” (Ef 4:12). Los pastores nos capacitan para el ministerio, y eso implica que debemos estar igual de involucrados en la misión que aquellos que son sostenidos económicamente por la iglesia. Eso hace que el trabajo de todo aquel que ame a Jesús, aunque no esté vocacionalmente en el ministerio, sea increíblemente estratégico para el Reino.

8. Aspira a trabajar por aquello que perdura

Ten en mente que esta vida es corta y que todo lo que no se haga para Cristo será en vano. Lucha contra la falsa idea de que tenemos que edificar y acumular en este mundo. Jesús dijo: “No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar” (Mt 6:19-20). Esto no necesariamente significa hacer algo explícitamente cristiano. Sí significa que las cosas hechas por razones egoístas y pecaminosas no perdurarán. Queremos que las inversiones que hagamos con nuestro tiempo, dinero, creatividad y talentos —con nuestra vida de solteros y nuestro trabajo— sean inversiones que perduren por la eternidad, y lo serán cuando le hablen al mundo acerca de nuestro Dios.

100,000 oportunidades

Si esos ocho objetivos son nuestros objetivos, entonces existen 100,000 (y más) buenas formas de invertir nuestras 100,000 horas, y en la mayoría de ellas no seremos remunerados por proclamar a Cristo. El ministerio cristiano vocacional no es la única opción. De hecho, para la mayoría de nosotros, el ministerio que más exaltará a Jesús no será “el ministerio”. Tal vez tus 100,000 horas suplirán las necesidades de ministerios estratégicos, o te capacitarán para servir a la iglesia de maneras únicas (tecnología, comunicaciones, mantenimiento y más), o te rodearán de personas que aún no han creído con quienes puedes compartir el evangelio de una forma más natural. Mantente abierto a un llamado específico de Dios hacia el ministerio vocacional, pero no pienses que es la única forma de tener un ministerio efectivo, fiel y fructífero. Ya sea que escribamos sermones sobre un escritorio, vendamos escritorios, armemos escritorios, consigamos la madera, o que instruyamos a los hijos del carpintero para que sean mujeres y hombres piadosos, Dios puede utilizar a los solteros de manera única y poderosa para llevar a cabo Su más grande misión en el mundo.

Extraído del libro "Soltero por ahora" de Marshall Segal

¿Qué tiene que ver la evangelización con la iglesia local?

¿Qué tiene que ver la evangelización con la iglesia local?

Si debemos mostrar una imagen del evangelio mediante nuestro amor unos por otros, esto debe tener lugar en una congregación local con personas que han hecho juntas un pacto en amor para ser una iglesia. No es un amor abstracto, sino un amor para personas que viven en el mundo real. No puedo decirte cuántas veces he escuchado de parte de no creyentes que la iglesia les resultó extraña, pero lo que les atrajo a la comunión fue el amor que había entre sus miembros.

Pero el evangelio es proyectado no solamente a través de nuestro amor. ¿Has pensado alguna vez en cuántas instrucciones bíblicas Dios ha diseñado para la iglesia que, si se siguen correctamente, sirven como proclamaciones del evangelio?

Al buscar una cultura de evangelización, no rediseñamos la iglesia para la evangelización. En vez de esto, permitimos que aquellas cosas que Dios ya ha diseñado para la iglesia proclamen el evangelio. Jesús no se olvidó del evangelio cuando edificó su iglesia.

Por ejemplo, los bautismos son imágenes de la muerte, la sepultura, y la resurrección de Jesús. Estas imágenes muestran cómo su muerte es nuestra muerte y cómo su vida es nuestra vida. La Santa Cena proclama la muerte de Cristo hasta que él regrese y nos lleva a confesar nuestros pecados y a experimentar el perdón una vez más. Cuando oramos, oramos las verdades de Dios. Cantamos las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros a través del evangelio. Damos financieramente para hacer avanzar el mensaje del evangelio. La predicación de la Palabra presenta el evangelio.

De hecho, para empezar, la predicación de la Palabra de Dios es lo que forma la iglesia. Y, una vez que está formada, a la iglesia se le da la tarea de hacer discípulos, quienes son luego enviados a predicar el evangelio para formar nuevas iglesias. Este ciclo ha venido sucediendo desde que Jesús ascendió al cielo y continuará hasta que regrese.

Extraído de La evangelización de J. Mack Stiles

Lo que Dios exige de cada ministro

Lo que Dios exige de cada ministro

No importa cuál sea la audiencia


Ya sea que uno ministre en una gran ciudad o en un pequeño pueblo; ya sea que uno esté tratando de alcanzar a la élite cultural o a los analfabetos e indoctos; ya sea que uno esté involucrado en un ministerio de estudiantes o de adultos mayores; ya sea que uno lidere un ministerio de adultos solteros o imparta clases a jóvenes casados; en cualquiera de estos casos, Cristo crucificado debe ser el mensaje dominante. Con voz de trompeta para que todos escuchen, Jesucristo debe ser la nota que resuene en la predicación.

Esta verdad fundacional de Cristo, y Él crucificado, debe estar grabada en el alma de cada predicador. Esto es lo que Dios exige de cada hombre al que Él llama a proclamar Su Palabra. El tema predominante en la predicación debe ser la persona y la obra de Cristo.

Pregunto: ¿este mensaje cristocéntrico describe tu predicación? ¿Eres conocido por proclamar a Cristo, y a Él crucificado? ¿Se resume tu ministerio en esta declaración concisa: predicamos a Cristo, y a Él crucificado?

La preeminencia y centralidad de Jesucristo deben ser una verdad en cada púlpito.

Un camino directo a la cruz

Un gran predicador que proclamó a Cristo crucificado con inigualable éxito fue el ministro británico del siglo diecinueve Charles Haddon Spurgeon. Este “Príncipe de los Predicadores” creía que Cristo debe ser el centro de atención de cada sermón. Cualquiera que fuera su pasaje, Spurgeon anunciaba: “Yo tomo mi texto y me voy directo a la cruz”. En otras palabras, cada vez que se paraba en el púlpito, era persistente en fijar firmemente la atención en Cristo, y en Él crucificado.

Un sermón sin Cristo, insistía Spurgeon, es un sermón sin gracia. Tal sermón, afirmaba él, no tiene ninguna buena noticia que anunciar:

Un sermón sin Cristo es una cosa horrible, espantosa. Es un pozo vacío; una nube sin lluvia; un árbol dos veces muerto, arrancado de raíz. Es algo abominable dar a los hombres piedras en lugar de pan y escorpiones en lugar de huevos, pero es lo que hacen los que no predican a Jesús. ¡Un sermón sin Cristo es como hablar de un pedazo de pan sin nada de harina! ¿Cómo podría alimentar el alma? Los hombres mueren y perecen porque Cristo no está presente.

La predicación que Dios honra

En palabras simples, Dios el Padre honra la predicación que honra a Su Hijo. Si nuestra proclamación se aleja de su glorioso foco, la bendición de Dios se alejará de ella. Dios abandonará la predicación que abandone a Cristo.

Por lo tanto, comprometámonos a predicar a Cristo, y a Él crucificado. Mientras estamos en nuestro púlpito, jamás perdamos de vista la cruz. Prediquemos siempre como si estuviéramos bajo la sombra del Calvario. Cristo crucificado debe permanecer como la materia central de todo lo que decimos.

Lo principal es mantener lo principal como lo principal; y eso sencillamente es predicar a Cristo.

Extraído del libro "La predicación que Dios bendice" de Steve J. Lawson

¿Cómo podemos protegernos de los efectos mortales del dinero?

¿Cómo podemos protegernos de los efectos mortales del dinero?

Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento

A través de los años, me ha sorprendido —considerando la advertencia de Jesús de que las riquezas hacen que sea difícil que las personas entren al cielo, y la advertencia de Pablo al decir que los que desean ser ricos caen en ruina y en destrucción— lo extraño de que tantos cristianos aún persigan las riquezas. Parece ser que no les creen o que piensan que serán la excepción a la regla, o que simplemente no creen que la Palabra de Dios pueda decir lo que dice.

Pero Pablo es claro —desear ser rico es mortal. Y hay más. La clave de este texto está en el versículo 6: “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (RV60). ¿Cómo podemos protegernos de esos efectos mortales del dinero? Respuesta: con un corazón que esté contento en Dios. ¿Estás profundamente satisfecho en Dios, de tal manera que esa satisfacción, ese contentamiento, no colapsa cuando Dios te envía riquezas o escasez? La escasez puede destruir el contentamiento en Dios al hacernos sentir que Él no tiene cuidado de nosotros o que no tiene el poder para darnos lo que creemos necesitar. Y la abundancia puede destruir nuestro contentamiento en Dios al hacernos sentir que Dios no es indispensable, o que su valor como ayudador y tesoro es muy inferior al que realmente tiene.

No es poca cosa aprender a mantener nuestro contentamiento en Dios. Este es el propósito de nuestra vida —mostrar que Dios es increíblemente glorioso. Y eso se refleja, entre otras formas, cuando demostramos que Él es suficiente para darnos el contentamiento en los mejores y peores momentos de nuestra vida. Pablo aprendió el secreto para lograr esto:

11 No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. 12 Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. 13 Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil 4:11-13).

Pablo aprendió a contentarse. Esta es la clave para el uso apropiado del dinero en 1 Timoteo 6:5-10. Pablo dijo que aprendió el secreto de su contentamiento. “Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias” (Fil 4:12). ¿Cuál era el secreto? Creo que nos lo dice en el capítulo anterior de Filipenses: “Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (3:8). En otras palabras, para ponerlo en términos actuales, si el mercado de valores sube y él obtiene ganancias, diría: “Jesús es más valioso y satisfactorio que ver que mis riquezas aumenten”. Y si el mercado de valores baja y él tiene pérdidas económicas, diría: “Jesús es más valioso y satisfactorio que todo lo que he perdido”. La gloria, la belleza y el valor de Cristo constituían el secreto del contentamiento que evitaba que el dinero lo controlara.

Extraído del libro Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder

3 grupos de personas por los que la Iglesia debe mostrar compasión

3 grupos de personas por los que la Iglesia debe mostrar compasión

Misericordia al forastero

Aunque reconocemos que la responsabilidad principal de los cristianos es para con los pobres que son parte del cuerpo de Cristo, la Biblia nos prohíbe descuidar a los pobres que están fuera de la iglesia. Gálatas 6:10 lo dice claramente: “Hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”. ¿Qué significa “hacer bien”? Los comentaristas coinciden en que esta frase se refiere al ministerio de obras. El contexto es la compartición de las cargas (6:2), así como las contribuciones económicas para el sostenimiento de los maestros cristianos (6:6). Aquí vemos que Pablo básicamente está diciendo: “El ministerio de obras debe ser dirigido primeramente a nuestra propia comunidad, pero nuestro deber es incluir a todas las personas”. En otras palabras, el ministerio de misericordia no solo es una expresión de la comunión de la iglesia, sino también una expresión de la misión de la iglesia.

Varios principios teológicos generales exigen que el cristiano extienda el ministerio de misericordia hacia los incrédulos.

1. Prójimos

En primer lugar, existe el concepto bíblico de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Algunos han dicho que Lucas 10:25-37 solo enseña que debemos ayudar a los incrédulos en situaciones extraordinarias de emergencia. Pero esa interpretación ignora el contexto. Nuestro Señor está tratando de que los judíos no limiten el ministerio de obras de amor a su propia comunidad racial/religiosa. ¿Por qué escogería Jesús el ejemplo extremo de un gran enemigo, un samaritano, como el héroe de la historia? La parábola del buen samaritano define con claridad a nuestro “prójimo” como cualquier persona, quien quiera que sea —pariente, amigo, conocido, extraño o enemigo—, cuya necesidad veamos. No todos los hombres son mis hermanos, pero todos los hombres son mis prójimos.

2. Extranjeros

En segundo lugar, la Biblia (sobre todo el Antiguo Testamento), nos dice que sirvamos a los extranjeros. Se consideraba “extranjero” (ger en hebreo) a todo aquel que viviera en la tierra de Israel y no fuera judío. El extranjero tenía que observar las leyes religiosas básicas de Israel, tales como abstenerse de trabajar durante el día de reposo y abstenerse de adorar a los ídolos (Lv 20:2; 16:29). Pero se le permitía comer carne impura (Dt 14:21), y no tenía que guardar la Pascua ni ser circuncidado a menos que lo quisiera (Éx 12:48). Es por esto que realmente no formaba parte de la comunidad del pacto, ya que le faltaba la señal del pacto: la circuncisión. Muchas leyes del ministerio de misericordia le daban prioridad a las necesidades de los otros israelitas por encima de las de los extranjeros.

Pero los extranjeros también recibían misericordia. El residente temporal podía espigar los campos y viñedos durante la cosecha (Lv 19:10; 23:22). Se describe como parte de los indefensos, junto con las viudas y los huérfanos, y Dios mismo castigaría a los que le oprimieran (Éx 22:21; Lv 19:33-34). En otras palabras, el extranjero, aunque no pertenecía a la comunidad del pacto, era beneficiario del ministerio de obras del pueblo de Dios.

¿Qué nos dicen las reglas del Antiguo Testamento sobre la caridad hacia los extranjeros a nosotros hoy? El Nuevo Testamento se apropia de ellas. En el día del juicio, Jesús le dirá a Sus siervos: “…fui forastero [xenos, un extranjero], y me dieron alojamiento” (Mt 25:35; 43). Y el escritor a los Hebreos exhorta a los lectores a continuar mostrando hospitalidad a los extranjeros (Heb 13:2; ver 1Ti 5:10).

3. Enemigos

Por último, Dios brinda Su “gracia común” incluso a Sus enemigos. La gracia común es un término que los teólogos usan para describir las bendiciones generales que Dios le concede a todas las personas, independientemente de su amor por Él. Por ejemplo, Mateo 5:45 nos dice que Dios da salud física y prosperidad a todos en la tierra: “Hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos”. ¡Cuán generoso es!


Justo después, Jesús nos dice que usemos esto como un modelo para nuestro ministerio de obras. “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán?” (Mt 5:46). En el pasaje paralelo, Jesús nos dice que “hagamos bien” y “demos prestado” a los injustos, a nuestros enemigos, porque Dios le ofrece misericordia tanto al bueno como al malo (Lc 6:32-36). Jonathan Edwards, al escribir sobre la caridad hacia los pobres, concluye:


Se nos exige particularmente que seamos amables con los malos; así seguiremos el ejemplo de nuestro Padre celestial, que hace que Su sol salga sobre buenos y malos, y envía lluvia sobre justos e injustos. Estamos obligados, no solo a ser amables con aquellos que lo son con nosotros, sino también a serlo con los que nos odian y nos usan con malicia.

La misericordia de Dios y la nuestra

Una cuarta razón para extenderle misericordia a los necesitados del mundo es el patrón de la misericordia salvadora de Dios. Su salvación llega a los indignos, a los que no la esperan, a los enemigos de Dios (Ro 3:9-18). Pablo dice que a él se le mostró misericordia, como al peor de los pecadores, para mostrar la paciencia ilimitada de Cristo. Si el Nuevo Testamento dice que el ministerio a las necesidades físicas es considerado como parte de la “misericordia”, ¿deberíamos creer que nuestra misericordia debe operar sobre un principio completamente diferente al de la misericordia de Dios? ¿No deberíamos ofrecerle misericordia a los incrédulos y a los enemigos?

Debemos recordar que Dios le ofrece Su misericordia a personas rebeldes para hacerlas responsables y restablecerlas. Así que debemos ayudar con esto en mente. ¿Pero solo debemos ofrecérsela a nuestros amigos y parientes? Ese no es el patrón de la misericordia de Dios. El ejemplo de la gracia de Dios también indica que no debemos sentarnos pasivamente a esperar que los necesitados imploren. Más bien debemos estudiar, encontrar y cubrir las necesidades humanas básicas. ¿Cristo se sentó en el cielo y esperó que nosotros le suplicáramos por misericordia? No, Cristo nos buscó y nos encontró.

Extraído del libro Ministerios de misericordia de Timothy Keller