Blogs

RSS
¿Cómo podemos protegernos de los efectos mortales del dinero?

¿Cómo podemos protegernos de los efectos mortales del dinero?

Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento

A través de los años, me ha sorprendido —considerando la advertencia de Jesús de que las riquezas hacen que sea difícil que las personas entren al cielo, y la advertencia de Pablo al decir que los que desean ser ricos caen en ruina y en destrucción— lo extraño de que tantos cristianos aún persigan las riquezas. Parece ser que no les creen o que piensan que serán la excepción a la regla, o que simplemente no creen que la Palabra de Dios pueda decir lo que dice.

Pero Pablo es claro —desear ser rico es mortal. Y hay más. La clave de este texto está en el versículo 6: “Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (RV60). ¿Cómo podemos protegernos de esos efectos mortales del dinero? Respuesta: con un corazón que esté contento en Dios. ¿Estás profundamente satisfecho en Dios, de tal manera que esa satisfacción, ese contentamiento, no colapsa cuando Dios te envía riquezas o escasez? La escasez puede destruir el contentamiento en Dios al hacernos sentir que Él no tiene cuidado de nosotros o que no tiene el poder para darnos lo que creemos necesitar. Y la abundancia puede destruir nuestro contentamiento en Dios al hacernos sentir que Dios no es indispensable, o que su valor como ayudador y tesoro es muy inferior al que realmente tiene.

No es poca cosa aprender a mantener nuestro contentamiento en Dios. Este es el propósito de nuestra vida —mostrar que Dios es increíblemente glorioso. Y eso se refleja, entre otras formas, cuando demostramos que Él es suficiente para darnos el contentamiento en los mejores y peores momentos de nuestra vida. Pablo aprendió el secreto para lograr esto:

11 No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. 12 Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. 13 Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil 4:11-13).

Pablo aprendió a contentarse. Esta es la clave para el uso apropiado del dinero en 1 Timoteo 6:5-10. Pablo dijo que aprendió el secreto de su contentamiento. “Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias” (Fil 4:12). ¿Cuál era el secreto? Creo que nos lo dice en el capítulo anterior de Filipenses: “Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo” (3:8). En otras palabras, para ponerlo en términos actuales, si el mercado de valores sube y él obtiene ganancias, diría: “Jesús es más valioso y satisfactorio que ver que mis riquezas aumenten”. Y si el mercado de valores baja y él tiene pérdidas económicas, diría: “Jesús es más valioso y satisfactorio que todo lo que he perdido”. La gloria, la belleza y el valor de Cristo constituían el secreto del contentamiento que evitaba que el dinero lo controlara.

Extraído del libro Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder

3 grupos de personas por los que la Iglesia debe mostrar compasión

3 grupos de personas por los que la Iglesia debe mostrar compasión

Misericordia al forastero

Aunque reconocemos que la responsabilidad principal de los cristianos es para con los pobres que son parte del cuerpo de Cristo, la Biblia nos prohíbe descuidar a los pobres que están fuera de la iglesia. Gálatas 6:10 lo dice claramente: “Hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”. ¿Qué significa “hacer bien”? Los comentaristas coinciden en que esta frase se refiere al ministerio de obras. El contexto es la compartición de las cargas (6:2), así como las contribuciones económicas para el sostenimiento de los maestros cristianos (6:6). Aquí vemos que Pablo básicamente está diciendo: “El ministerio de obras debe ser dirigido primeramente a nuestra propia comunidad, pero nuestro deber es incluir a todas las personas”. En otras palabras, el ministerio de misericordia no solo es una expresión de la comunión de la iglesia, sino también una expresión de la misión de la iglesia.

Varios principios teológicos generales exigen que el cristiano extienda el ministerio de misericordia hacia los incrédulos.

1. Prójimos

En primer lugar, existe el concepto bíblico de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Algunos han dicho que Lucas 10:25-37 solo enseña que debemos ayudar a los incrédulos en situaciones extraordinarias de emergencia. Pero esa interpretación ignora el contexto. Nuestro Señor está tratando de que los judíos no limiten el ministerio de obras de amor a su propia comunidad racial/religiosa. ¿Por qué escogería Jesús el ejemplo extremo de un gran enemigo, un samaritano, como el héroe de la historia? La parábola del buen samaritano define con claridad a nuestro “prójimo” como cualquier persona, quien quiera que sea —pariente, amigo, conocido, extraño o enemigo—, cuya necesidad veamos. No todos los hombres son mis hermanos, pero todos los hombres son mis prójimos.

2. Extranjeros

En segundo lugar, la Biblia (sobre todo el Antiguo Testamento), nos dice que sirvamos a los extranjeros. Se consideraba “extranjero” (ger en hebreo) a todo aquel que viviera en la tierra de Israel y no fuera judío. El extranjero tenía que observar las leyes religiosas básicas de Israel, tales como abstenerse de trabajar durante el día de reposo y abstenerse de adorar a los ídolos (Lv 20:2; 16:29). Pero se le permitía comer carne impura (Dt 14:21), y no tenía que guardar la Pascua ni ser circuncidado a menos que lo quisiera (Éx 12:48). Es por esto que realmente no formaba parte de la comunidad del pacto, ya que le faltaba la señal del pacto: la circuncisión. Muchas leyes del ministerio de misericordia le daban prioridad a las necesidades de los otros israelitas por encima de las de los extranjeros.

Pero los extranjeros también recibían misericordia. El residente temporal podía espigar los campos y viñedos durante la cosecha (Lv 19:10; 23:22). Se describe como parte de los indefensos, junto con las viudas y los huérfanos, y Dios mismo castigaría a los que le oprimieran (Éx 22:21; Lv 19:33-34). En otras palabras, el extranjero, aunque no pertenecía a la comunidad del pacto, era beneficiario del ministerio de obras del pueblo de Dios.

¿Qué nos dicen las reglas del Antiguo Testamento sobre la caridad hacia los extranjeros a nosotros hoy? El Nuevo Testamento se apropia de ellas. En el día del juicio, Jesús le dirá a Sus siervos: “…fui forastero [xenos, un extranjero], y me dieron alojamiento” (Mt 25:35; 43). Y el escritor a los Hebreos exhorta a los lectores a continuar mostrando hospitalidad a los extranjeros (Heb 13:2; ver 1Ti 5:10).

3. Enemigos

Por último, Dios brinda Su “gracia común” incluso a Sus enemigos. La gracia común es un término que los teólogos usan para describir las bendiciones generales que Dios le concede a todas las personas, independientemente de su amor por Él. Por ejemplo, Mateo 5:45 nos dice que Dios da salud física y prosperidad a todos en la tierra: “Hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos”. ¡Cuán generoso es!


Justo después, Jesús nos dice que usemos esto como un modelo para nuestro ministerio de obras. “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán?” (Mt 5:46). En el pasaje paralelo, Jesús nos dice que “hagamos bien” y “demos prestado” a los injustos, a nuestros enemigos, porque Dios le ofrece misericordia tanto al bueno como al malo (Lc 6:32-36). Jonathan Edwards, al escribir sobre la caridad hacia los pobres, concluye:


Se nos exige particularmente que seamos amables con los malos; así seguiremos el ejemplo de nuestro Padre celestial, que hace que Su sol salga sobre buenos y malos, y envía lluvia sobre justos e injustos. Estamos obligados, no solo a ser amables con aquellos que lo son con nosotros, sino también a serlo con los que nos odian y nos usan con malicia.

La misericordia de Dios y la nuestra

Una cuarta razón para extenderle misericordia a los necesitados del mundo es el patrón de la misericordia salvadora de Dios. Su salvación llega a los indignos, a los que no la esperan, a los enemigos de Dios (Ro 3:9-18). Pablo dice que a él se le mostró misericordia, como al peor de los pecadores, para mostrar la paciencia ilimitada de Cristo. Si el Nuevo Testamento dice que el ministerio a las necesidades físicas es considerado como parte de la “misericordia”, ¿deberíamos creer que nuestra misericordia debe operar sobre un principio completamente diferente al de la misericordia de Dios? ¿No deberíamos ofrecerle misericordia a los incrédulos y a los enemigos?

Debemos recordar que Dios le ofrece Su misericordia a personas rebeldes para hacerlas responsables y restablecerlas. Así que debemos ayudar con esto en mente. ¿Pero solo debemos ofrecérsela a nuestros amigos y parientes? Ese no es el patrón de la misericordia de Dios. El ejemplo de la gracia de Dios también indica que no debemos sentarnos pasivamente a esperar que los necesitados imploren. Más bien debemos estudiar, encontrar y cubrir las necesidades humanas básicas. ¿Cristo se sentó en el cielo y esperó que nosotros le suplicáramos por misericordia? No, Cristo nos buscó y nos encontró.

Extraído del libro Ministerios de misericordia de Timothy Keller

Una dieta completa: ¡todo el consejo de Dios!

Una dieta completa: ¡todo el consejo de Dios!

Fuimos llamados a predicar todo el consejo de Dios y no porciones selectivas de la Palabra.

En nuestros días es muy común escuchar a un predicador ir de una porción de la Palabra a otra porción de la Palabra y luego a otra porción de la Palabra, siempre buscando aquellos pasajes que bendicen a la congregación, pero evitando de manera intencional aquellos pasajes que confrontan el pecado en el corazón de la misma congregación.

No ayudamos a los discípulos de Cristo a crecer ni a madurar a Su imagen cuando nunca los confrontamos con aquellos pasajes revelados por Dios justamente para limpiar la mente y el corazón de aquellos por quienes Su Hijo murió.

Predicador, te invito a poner atención a las palabras del apóstol Pablo cuando hablaba con los ancianos de la iglesia de Éfeso en Mileto y les decía: “Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios” (Hechos 20:26-27). Nota cómo el apóstol Pablo se sentía completamente inocente al no haber evitado ningún pasaje difícil de la Palabra de Dios.

Predicador, presta atención a Su revelación. En ella está el poder de transformación de tu congregación. En ella está el poder de transformación del Dios a quien pertenecemos todos nosotros. Predica, pero predica todo el consejo de Dios.

TESIS # 12, "¡Latinoamérica despierta! 95 tesis para la iglesia de hoy", por Miguel Núñez.

¿Cómo describirías tu relación con el pecado?

¿Cómo describirías tu relación con el pecado?

Piénsalo: estás muerto al pecado

Por la obra del Padre en Cristo, nuestra antigua vida de pecado está muerta: ya no estamos bajo el dominio del pecado. A la iglesia como cuerpo y a nosotros como individuos se nos ha dado un “nuevo criterio para juzgarnos a nosotros mismos”. Si ya no vamos a vivir en pecado, debemos “entendernos a nosotros mismos por fe”. Estamos muertos al pecado, y no solo estamos muertos al poder del pecado, sino que también hemos sido vivificados para Dios, “habiendo sido traídos bajo Su dominio. Cuando pasamos a estar en Cristo, nos debe caracterizar un nuevo estilo de vida… Debemos pelear nuestra batalla con la certeza de que nuestro enemigo ha sido vencido”. Sí, el pecado ha sido vencido, y es por esa victoria de Cristo que podemos pelear esta batalla.

Esta primera obligación del evangelio que encontramos en Romanos es un llamado a la fe, a creer que lo que Él dijo hacer realmente ha sido hecho. La obediencia sumisa a la que Pablo nos llama en Romanos 6:13 —“... ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida...”— se basa sobre la fe en el hecho consumado del evangelio: estamos muertos al pecado y vivos para Dios; hemos sido liberados de la esclavitud al pecado capacitados para someternos a Él.

Lo que esta nueva vida significa es que estamos confiados en que el cambio va a suceder. Podemos pelear valientemente para “quitarnos” el pecado que todavía mora en nuestros cuerpos mortales. No estamos solos; no, estamos en Él, y Él mismo nos sacó de esa tumba de pecado y muerte. Nos ha presentado junto a Él, completamente vivos en la presencia del Padre. Aunque sabemos que esto es verdad, puede haber ocasiones, particularmente cuando estamos luchando contra nuestro pecado, en que nos cuesta trabajo creerlo. Y es entonces cuando tenemos que volver al mandato que nos llama a recordar. En otras palabras, debemos quitar la mirada de nuestro pecado y ponerla en Su obra consumada en la cruz.

Al igual que los gálatas, necesitamos que nos recuerden estas verdades, especialmente cuando somos tentados a volver a caer en el desánimo que surge del moralismo y de la justicia propia. Aprópiate de las declaraciones personales de Pablo en Gálatas 2:20-21; aplícalas por fe a tu lucha contra el pecado: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio Su vida por mí”.

Nuestra vieja naturaleza ha sido crucificada con Él. La persona que una vez fuimos está muerta, y ahora hay un espíritu diferente habitando en nuestros cuerpos, el Espíritu del Cristo resucitado. Por supuesto, debemos apropiarnos de esto una y otra vez por fe, y creer obstinadamente que el Hijo de Dios no nos puede abandonar. Nos ama tanto que dio Su vida por nosotros.

¿Qué pensaba Juan Calvino sobre la predicación y el púlpito?

¿Qué pensaba Juan Calvino sobre la predicación y el púlpito?

Calvino creía que la predicación bíblica debía ocupar un lugar primordial en el servicio de adoración. Lo que Dios tiene que decir al hombre es infinitamente más importante que lo que el hombre tiene que decir a Dios. Si la congregación ha de adorar de forma adecuada, si los creyentes han de ser edificados, si los perdidos han de ser convertidos, la Palabra de Dios debe ser expuesta. Nada debe desplazar a las Escrituras del lugar primordial en la reunión pública.

La prioridad de la predicación bíblica en el pensamiento de Calvino es innegable: “Dondequiera que se predique únicamente la Palabra de Dios y se administren los sacramentos de acuerdo a la institución de Cristo, ahí, sin duda alguna, existe una iglesia de Dios”. Por otro lado, “una congregación en donde no se predique la doctrina celestial no merece ser reconocida como iglesia”. En resumen, Calvino sostenía que la exposición bíblica debe ocupar un lugar primordial en el servicio de adoración, significando que la predicación es la función principal del ministro.

Pero no basta con cualquier clase de predicación. Calvino escribió: “La verdad de Dios solo puede permanecer por medio de la predicación del evangelio”. Añadió: “Dios preparará a su iglesia únicamente mediante la predicación de Su Palabra, no por los artilugios de los hombres [que son madera, heno y paja]”. Sabía que cuando desaparece la predicación bíblica, la doctrina y la piedad se van con ella: “Sin una predicación sana, no habrá piedad”. Dicho simplemente, Calvino creía que la única forma en que la iglesia puede ser edificada es mediante “la predicación del evangelio, que en sí misma está repleta de gran majestad”. La predicación bíblica es así de necesaria y así de noble.

De acuerdo a las Ordenanzas de Ginebra de 1542, que Calvino mismo escribió, la principal tarea del pastor, los ancianos y los ministros es anunciar la Palabra de Dios para instruir, amonestar, exhortar y reprender, y ninguna otra figura en la historia de la iglesia practicó esto mejor que Calvino. Él declaró: “La meta de un buen maestro es hacer que los hombres quiten sus ojos del mundo y miren hacia el cielo”. Asimismo, “la tarea del teólogo no es entretener, sino fortalecer las conciencias mediante la enseñanza de todo lo que es verdadero, seguro y provechoso”. Esta es la verdadera predicación.

A medida que se establecía la teología de la Reforma —mayormente a través de la exposición pública de Calvino— comenzaron a ocurrir cambios drásticos por toda Europa. La exposición bíblica regresó a su lugar central en la iglesia. James Montgomery Boice recalcó este reajuste cuando escribió:

Cuando la Reforma azotó a Europa en el siglo XVI, se produjo una exaltación inmediata de la Palabra de Dios en los servicios protestantes. Juan Calvino llevó esto a cabo con gran minuciosidad, ordenando que los altares, que habían sido el centro de las misas latinas durante siglos, fuesen removidos de las iglesias y reemplazados por púlpitos con Biblias. Este no debía estar en un lado del santuario, sino en el centro mismo, en donde cada línea de la arquitectura dirigiera la mirada del adorador hacia el único Libro que contiene el camino a la salvación y señala los principios con que la iglesia del Dios vivo debe ser gobernada.

Las convicciones de Calvino siempre enfatizaban la prioridad del púlpito. Al abrirse la Biblia, se desató una reforma.

Lanzamiento: Nuevos libros de 9 Marcas disponibles en Español

Lanzamiento: Nuevos libros de 9 Marcas disponibles en Español

¿Qué es 9 Marcas?

9 Marcas es un ministerio que existe para equipar a los líderes de la iglesia con una visión bíblica y recursos prácticos para mostrar la gloria de Dios a las naciones a través de iglesias saludables.

La misión de 9 Marcas

El ministerio de 9 marcas cree que la iglesia local es el punto focal del plan de Dios para mostrar Su gloria a las naciones.

La misión del ministerio es que existan iglesias que reflejen el carácter de Dios. Además de cultivar y alentar a las iglesias a que desarrollen estas nueve marcas: predicación expositiva, teología bíblica, comprensión bíblica del evangelio, comprensión bíblica de la conversión, comprensión bíblica del evangelismo, comprensión bíblica de la membresía, disciplina bíblica de la iglesia, promoción del discipulado y crecimiento cristiano y comprensión bíblica del liderazgo.

Los primeros libros de esta serie son:

La disciplina en la iglesia

La disciplina en la iglesia es imprescindible para edificar una iglesia sana. ¿Pero cómo ejercerla exactamente? Esta guía concisa, escrita por Jonathan Leeman, nos provee el marco teológico necesario para entender y practicar la disciplina.

La evangelización

Imagínate a una iglesia donde los líderes comparten su fe de manera constante y los miembros les siguen, animándose a evangelizar de forma continua de vida. No hay programas. Esta clase de evangelización es la que presenta este convincente libro.

La predicación expositiva

En este libro (escrito para predicadores nuevos y experimentados) el pastor David Helm resume lo que hay que creer y conseguir para llegar a ser un expositor el de la Palabra de Dios. También ofrece una guía práctica para realizar una buena predicación.

La sana doctrina

Este breve y ameno libro muestra cómo la buena teología lleva a la transformación, a la vida y al gozo. No solo te convencerá de que la sana doctrina es vital para vivir en piedad, sino que también te explicará el papel de la teología en una iglesia sana.

Los ancianos de la iglesia

En este libro, el pastor Jeramie Rinne presenta una “descripción del trabajo” fácil de entender para los ancianos, sacada de lo que Biblia enseña. También ofrece una guía práctica para los nuevos ancianos de la iglesia en medio de su labor ministerial.

Discipular

En esta guía concisa, el pastor Mark Dever resume el quién, el qué, el dónde, el cuándo, el por qué y el cómo discipular: es decir, ayudar a otros a seguir a Jesús. Siguiendo el patrón de las Escrituras, Dever nos enseña cómo cultivar una cultura de hacer discípulos como una parte normal de nuestras vidas.

El evangelio

En este libro, el pastor Ray Ortlund argumenta que la doctrina del evangelio crea una cultura del evangelio. Cuando se permite que el evangelio ejerza todo su poder, la iglesia resplandece con la gloria de Cristo.

La membresía de la iglesia

En este libro, Jonathan Leeman aborda la naturaleza, función e importancia de la membresía de la iglesia. Restituye a la iglesia local al lugar que le corresponde a través de una argumentación convincente que nos llevará a compromenternos con ella.